
—¿Usted qué haría? —preguntó Lucía pensativa.
—Si fuera mi trabajo, querría que la gente supiera quién lo hizo.
—Eso no paga el azúcar.
—No —reconoció Diego—, pero tampoco el azúcar vale tanto como para comprarle a uno el nombre.
Esa misma noche, una helada implacable cayó sobre el valle, arruinando casi la mitad de las manzanas que quedaban por cosechar. Con las deudas de la acequia encima y el invierno a la puerta, Lucía sintió que sus fuerzas flaqueaban. Doña Teresa, la dueña del terreno, intentó animarla recordándole que los árboles viejos soportan inviernos peores. Horas más tarde, Diego apareció con dos kilos de azúcar comprados en el pueblo. Cuando Lucía insistió en que no quería deberle favores y le preguntó por qué regresaba tanto, él se cansó de poner excusas de trabajo:
—Porque pensé que necesitaría ayuda después de la helada… y porque quería verla.
Esa noche pelaron manzanas hasta tarde. Mientras las brasas alumbraban la cocina, Lucía le confesó por qué defendía tanto su nombre: en Durango había servido en una casa acomodada donde la patrona se atribuía sus dulces diciendo a los invitados que los compraba a una cocinera francesa. Por eso juró que, aunque solo vendiera un frasco en toda su vida, llevaría su nombre completo.
El sábado viajaron a Canatlán acompañados por la aguda doña Teresa. Don Esteban probó la conserva y quedó encantado, pero insistió en que los clientes recordaban mejor las tiendas. Lucía no cedió ni un centímetro: propuso dos etiquetas o ningún trato. Impresionado por la firmeza de sus manos trabajadoras y su carácter, el comerciante aceptó un lote de prueba de doce frascos a veinte centavos. En menos de cinco días las conservas volaron; viajeros y fonderos pedían más. Don Esteban no tardó en volver al manzanar, esta vez ofreciendo pagar etiquetas impresas formales con el nombre de Lucía bien visible.
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