Semanas después, una tormenta destruyó la compuerta de la acequia, amenazando con ahogar las raíces de los árboles jóvenes. Al día siguiente, Diego se presentó con tres vaqueros del rancho que ofrecieron su tarde libre para palear lodo, clavar madera y desviar el agua. Al despedirse junto al portón, Lucía le advirtió que jamás abandonaría su manzanar por nada ni por nadie. Diego, sin titubear, le aseguró que jamás le pediría semejante renuncia.

En diciembre llegó la verdadera encrucijada. Don Joaquín llamó a Diego para hacerle una propuesta extraordinaria: ponerlo al frente de una nueva propiedad ganadera cerca de Nombre de Dios, con participación en las ganancias y casa propia. Era el salto soñado para cualquier vaquero, pero significaba mudarse lejos del valle.

Diego cabalgó al manzanar y se lo contó a Lucía con el corazón oprimido. Ella, conteniendo las lágrimas, le pidió con honestidad que no sacrificara su porvenir por miedo a arrepentirse dentro de diez años:
—Si decide quedarse, necesito saber que es porque usted lo eligió, no porque yo se lo pedí.
—No quiero construir una casa donde usted no pueda entrar como dueña de sus propias decisiones —respondió él.

Tras pensarlo largamente frente a sus fogones y cuadernos de cuentas, Diego regresó con don Joaquín. Rechazó la administración lejana y le propuso una alternativa más sacrificada: seguir encargado de los caballos en El Encino, pero arrendar una parcela al otro lado del arroyo para levantar, con sus propios ahorros, su pequeño hato de ganado. Don Joaquín sonrió ante la determinación del muchacho y cerraron el trato.

Al día siguiente, Diego fue a buscar a Lucía. Le explicó el nuevo plan y, de repente, se arrodilló frente a ella sacando una modesta cajita de madera tallada por sus propias manos, con un anillo sencillo de plata adentro:

—No puedo prometerle riquezas ni una vida sin apuros —le dijo con la voz temblorosa pero firme—. Pero le prometo que no consideraré sus sueños menos importantes que los míos, que trabajaré a su lado y que jamás le pediré que deje de ser la mujer que escribió su nombre en aquellos primeros frascos. ¿Aceptaría casarse conmigo?

Lucía, ahogada en llanto, asintió y lo abrazó con todas sus fuerzas. Poco después de Navidad, doña Teresa completó la dicha: reconociendo el empeño de la joven, le otorgó un contrato de arrendamiento por diez años con opción a compra sobre la parte del manzanar que había rescatado del abandono.

A finales de abril se casaron en la iglesia del pueblo. Lucía vistió de marfil con flores de manzano en el cabello y el festejo se celebró bajo las ramas en flor de la huerta, entre tortillas, carne asada y frascos de conserva sobre cada mesa.

Los años que siguieron trajeron sequías, heladas imprevistas y pérdidas de ganado, pero ambos aprendieron a sentarse a la mesa a dialogar antes de que el orgullo levantara muros. Diego hizo crecer su ganado y Lucía contrató a una viuda local, Rosa, pagándole con justicia y respeto. Tres años después, Lucía reunió el dinero y firmó con orgullo la escritura que la convirtió en dueña legítima de sus tierras bajo el letrero «Manzanar Morales».

Cinco años después de aquella primera venta de dieciocho frascos, cuando los viajeros se detenían maravillados frente al huerto florecido, Diego todavía salía al corredor para recordarles con orgullo que toda esa historia había comenzado con una compra de cuatro pesos con cincuenta centavos. Y cada otoño, cuando caían los primeros frutos maduros, el vaquero bajaba a la cocina con las dieciocho mejores manzanas para encargarle a su esposa la misma tanda de conserva, recordándole entre risas y cuchillos que aquella compra había sido la mejor excusa de su vida para volver a buscarla.

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