
Entró con el suéter gris sobre los hombros, una libreta de notas médicas en la mano y unas ojeras visibles que delataban su cansancio. Pero no había miedo en su mirada. En esa mansión, hasta los hombres más curtidos del bajo mundo bajaban la cabeza cuando cruzaban las puertas de caoba de mi despacho; Emma Reed, en cambio, me miró directo a los ojos, con una serenidad que me descolocó por completo.
Me quedé sentado detrás del escritorio, con las manos entrelazadas y la expresión dura que solía congelar la sangre de mis rivales. Detrás de mí, Dominic permanecía de pie junto a la puerta, atento a cualquier orden.
—Señor Calder, buenos días —dijo ella, con una voz suave pero firme—. Noah sigue durmiendo. Su ritmo cardíaco se estabilizó alrededor de las cuatro y media.
—Rompiste el protocolo, Emma —dije con voz grave, dejando que el peso de mis palabras llenara la habitación—. En el contrato que firmaste la semana pasada se especificaba con absoluta claridad que tu habitación está en el ala oeste. No tienes autorización para pasar la noche en la recámara de mi hijo, y mucho menos para meterte en su cama.
Emma respiró hondo. No dio un solo paso atrás ni bajó la cabeza para disculparse. En lugar de eso, colocó la libreta sobre la esquina del escritorio y dio un paso al frente.
—Su hijo tuvo un ataque de pánico a las tres y cuarto de la madrugada, señor Calder. Sus piernas no responden por el daño medular, pero su cerebro sigue registrando dolor fantasma. Estaba empapado en sudor frío, convulsionando por el terror y gritando el nombre de su madre mientras se arañaba el pecho porque sentía que el fuego volvía a quemarlo.
El impacto de sus palabras fue como un golpe seco en las costillas. Apreté los puños bajo la mesa, luchando por mantener la máscara de frialdad.
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