
—¡Sofía! ¡Por Dios, mi niña! ¿Dónde estabas? —grité, corriendo a abrazarla.
Sofía no me respondió a mí. Fijó su mirada vidriosa en mi madre, caminó despacio hacia la mesa del comedor y soltó el pesado maletín sobre el mantel.
—Se le cayó del asiento trasero cuando bajó corriendo en el estacionamiento —dijo mi hija con la voz quebrada por el llanto—. Lo seguí, abuelita… y tomé esto antes de entrar tras de él. Necesitan ver lo que hay aquí adentro.
Con dedos temblorosos y la respiración contenida, mi madre desabrochó las hebillas metálicas del maletín y levantó la tapa.
Esperábamos encontrar cartas de amor de otra mujer, dinero oculto o recibos comprometedores. Pero lo que había en el interior nos arrancó el aire de los pulmones.
En los compartimentos superiores había dos termos con caldo de pollo recién hecho, frascos de morfina, vendas estériles y cajas de medicamentos costosos para la insuficiencia renal. Debajo de las medicinas, había una pila de más de veinte boletas de empeño recientes: don Fernando había empeñado sus herramientas de carpintería, su televisión, su anillo de bodas antiguo y hasta las escrituras de su modesto taller para conseguir dinero en efectivo.
Pero en el fondo del maletín, envuelto con delicadeza en un pañuelo de seda blanco, descansaba un álbum pequeño con tapas de terciopelo azul. Mi madre lo abrió con manos vacilantes.
En la primera página había una fotografía en blanco y negro, amarillenta por el paso de más de cincuenta años. Era mi madre a los diecisiete años, sentada en una banca con un vestido floreado, cargando a un recién nacido en brazos. Y junto a la foto, un acta de defunción con el sello oficial cancelado por falsificación y una carta de adopción forzada de 1972.
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