
—Llévensela —ordenó Daniel con un tono gélido, sin parpadear.
Cuando la puerta principal se cerró y el ruido del motor de la patrulla se perdió en la avenida, la sala quedó en un silencio sepulcral.
Daniel se giró despacio hacia nosotros. Sus ojos, enrojecidos por las lágrimas reprimidas durante años, se posaron primero en mí y luego descendieron hacia Noah y su hermana pequeña, quienes permanecían pegados a mis piernas, observando con miedo al imponente militar lleno de insignias.
El coronel no intentó dar una orden ni imponer su rango. Con una lentitud casi reverencial, se desabrochó el saco de gala, lo dejó caer sobre un sillón y se arrodilló sobre la alfombra, justo a la altura de los ojos de los niños.
—Noah… princesa… —susurró Daniel, extendiendo dos manos callosas y temblorosas que no se atrevían a tocarlos sin permiso—. Su mamá nunca les mintió. Y yo jamás, ni por un solo segundo de mi vida, hubiera querido estar lejos de ustedes. Si hubiera sabido que estaban en este mundo, habría cruzado océanos a nado y derribado montañas enteras solo para poder cargarlos una vez.
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