
En cuanto las manecillas marcaban las 7:25, don Fernando se ponía de pie como impulsado por un resorte. Se alisaba el saco desgastado con manos inquietas, recogía con recelo aquel maletín de cuero oscuro que jamás permitía que nadie tocara y se despedía con una reverencia apresurada antes de perderse en la penumbra de la calle.
Para mi madre, Rosa, aquellos desplantes eran dagas en el pecho. A sus setenta y dos años, después de haber pasado casi tres décadas de viudez en absoluta soledad, volver a ilusionarse con un hombre había sido un acto de pura valentía. Pero las ausencias pesaban. Toda la familia murmuraba lo mismo: Fernando tenía otra casa, otra mujer más joven o una doble vida que no estaba dispuesto a abandonar.
La noche del último viernes de octubre, cuando Fernando cerró la reja a las 7:28 con el mismo apuro de siempre, mi hija Sofía de quince años no lo soportó. Sin avisarnos a nadie, tomó su bicicleta y se deslizó en la oscuridad tras el viejo sedán azul de Fernando.
Pasaron casi tres horas de angustia en la casa. Mi madre y yo caminábamos de un lado a otro por la sala, llamando al celular de Sofía sin obtener respuesta, imaginando los peores escenarios.
A las diez y media de la noche, la puerta de entrada se abrió de par en par.
Sofía estaba parada en el umbral. Estaba empapada por la llovizna, con el cabello pegado a la frente, temblando de pies a cabeza y con los ojos hinchados de tanto llorar. Pero lo que nos dejó mudas fue lo que apretaba con desesperación contra su pecho: el viejo maletín de cuero de Fernando.
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