
Esa fue la última vez que recuerdo a mi padre defenderme frente a mi madre sin titubear. Durante toda mi infancia y adolescencia, papá fue el único que vio en mis manos ásperas y llenas de astillas algo de verdadero valor. Mientras mamá llenaba las repisas de la sala con los diplomas de honor de Paige y los trofeos de fútbol de Dean, papá me construyó un pequeño taller en el cobertizo del jardín. Me enseñó a medir dos veces para cortar solo una, a lijar las asperezas hasta encontrar la veta más hermosa de la madera y, sobre todo, a tener paciencia cuando las cosas parecían no encajar.
Pero cuando cumplí veintitrés años, la vida decidió poner a prueba esa paciencia de la manera más cruel.
Comenzó como un cansancio que el café no lograba quitarme. Luego vinieron los sudores fríos nocturnos, los moretones inexplicables en las piernas y una pérdida de peso tan drástica que mi ropa parecía pertenecerle a otra persona. El diagnóstico cayó como un mazazo en una tarde lluviosa de noviembre: linfoma no Hodgkin en etapa avanzada.
Recuerdo la cena familiar en la que se los conté. Mamá soltó el tenedor, me miró con una mezcla de fastidio e incredulidad y lo primero que dijo fue:
—¿Y cuánto va a costar el tratamiento? El seguro no va a cubrir todo, Nora. Paige está por pagar la matrícula de su maestría y Dean tiene el campamento de prueba para las fuerzas básicas. No podemos darnos el lujo de endeudarnos ahora.
Paige no despegó los ojos de su teléfono; solo murmuró un distante «seguro no es tan grave, mamá exagera». Y Dean simplemente cambió de tema preguntando qué había de postre.
Solo papá se puso de pie, rodeó la mesa en silencio y me abrazó con una fuerza que me quebró el alma.
—Vas a salir de esta, mi niña —me susurró al oído con la voz empapada en llanto—. Te lo juro por mi vida.
Los catorce meses que siguieron fueron un infierno de quimioterapias abrasadoras, náuseas interminables y mechones de cabello cayendo sobre mi almohada. Mamá y mis hermanos vinieron al hospital exactamente dos veces durante todo ese año. En ambas ocasiones, mamá se pasó la visita quejándose del olor a desinfectante y de lo caro que era el estacionamiento de la clínica, mientras Paige y Dean miraban el reloj como si estuvieran cumpliendo una condena de quince minutos por compromiso social. Después, las visitas cesaron por completo.
Pero papá jamás faltó. Llegaba puntual todas las noches a las siete, con las manos manchadas de aserrín y los ojos cansados, para sentarse en el sillón de vinilo junto a mi cama. Me leía libros, me pelaba manzanas y sostenía mi mano cuando las fiebres me hacían delirar.
Sin embargo, a los ocho meses de mi tratamiento, papá empezó a faltar.
Continúa en la página siguiente