…un ejercicio exasperante de silencio y desconcierto.

Griffin sujetaba las riendas de su carreta destartalada con los nudillos blancos por la tensión, esperando que en cualquier momento aquella mujer de metro ochenta rompiera en quejas por el traqueteo insoportable, el polvo reseco del camino o el viento helado que bajaba cortante de las montañas de Wyoming.

Pero Martha no dijo una sola palabra sobre la incomodidad del viaje.

En lugar de eso, permanecía erguida en el asiento del pescante, con la espalda recta como una tabla de pino y la mirada fija en el horizonte. Lo que más inquietaba a Griffin no era su estatura ni su porte amenazante, sino la forma en que sus ojos pardos escaneaban el terreno: no miraba las flores silvestres ni los paisajes como una dama del este; calculaba distancias, memorizaba las crestas de las colinas y clavaba la vista en cada matorral espeso con la frialdad de un centinela en territorio comanche.

Y sobre su regazo, inmóvil, descansaba aquel pesado libro de terciopelo con cantoneras y cerradura de latón.

—No hay comodidades en Bitter Creek, señora Cole —soltó Griffin con aspereza, intentando romper la pesadumbre del aire—. Si esperaba cortinas de encaje y un porche para mecerse al atardecer, tomó el tren equivocado. La casa se cae a pedazos y mis tierras están rodeadas de problemas.

Matty ladeó la cabeza apenas un centímetro y lo miró de reojo.

—Sé leer entre líneas, señor Tucker. Su anuncio en la gaceta pedía una mujer que no le temiera al lodo ni a la soledad. No busco encajes. Busco un techo donde el trabajo sea honesto y nadie me haga preguntas estúpidas.

Griffin tragó saliva y arreó a las mulas. Durante los últimos tres meses, la vida en su rancho se había convertido en un infierno. Silas Vance, el magnate ganadero dueño de la mitad del condado, había desviado el cauce del arroyo y envenenado a dos de sus bueyes para obligarlo a vender por una miseria. Peor aún: Vance había traído de Texas a una cuadrilla de pistoleros a sueldo liderados por un forajido tuerto llamado Red Calloway, con la orden explícita de incendiar la propiedad si Griffin no firmaba la cesión de derechos antes del primer día de noviembre.

Griffin no tenía dinero para contratar mercenarios ni abogados. Estaba agotado, durmiendo con el rifle cargado bajo las cobijas y perdiendo la cordura por el hambre y las vigilias interminables. Casarse por correspondencia había sido una jugada desesperada para que alguien cuidara los animales mientras él vigilaba el perímetro con un arma en la mano.

Cuando la carreta cruzó la cerca rota de la propiedad, el rancho lucía desolador. La chimenea estaba apagada, el tejado del granero tenía agujeros que dejaban ver el cielo plomizo y en los postes del corral aún se veían las marcas negras de un conato de incendio provocado por la gente de Vance la semana anterior.

Griffin detuvo los animales y bajó al suelo, esperando el suspiro de decepción o las lágrimas de la recién llegada.

Matty Cole no hizo nada de eso. Bajó de la carreta con un salto ágil y pesado, acomodó su falda oscura y caminó directamente hacia los postes quemados. Se agachó, rozó la madera con dos dedos enguantados, olió el hollín y miró hacia la colina sur.

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