Giré sobre la punta de mi pie en un ocho perfecto, envolviendo el cuerpo de Grant en una espiral tan cerrada y vertiginosa que el público entero contuvo el aliento al unísono. Se escuchó el tintineo de una copa rompiéndose contra el suelo; nadie volteó a mirarla. Los doscientos invitados se habían puesto de pie lentamente, arrastrados por un magnetismo que jamás habían presenciado en sus fiestas predecibles.

Grant estaba atrapado. Sus pasos ya no marcaban el ritmo; era mi cuerpo el que dictaba cada cambio de peso, cada quiebre, cada suspensión en el aire. Sus ojos azules estaban abiertos de par en par, despojados de toda su pedantería, mientras sus piernas luchaban por seguir la velocidad feroz de mis cruces.

En los compases finales, el bandoneón soltó un lamento desgarrador que erizó la piel de todos los presentes. Guié a Grant hacia el centro exacto del salón, me detuve en seco en una milésima de segundo y me incliné hacia atrás en una quebrada impecable, sosteniendo mi eje con una fuerza milimétrica antes de incorporarme con la espalda recta y la barbilla en alto justo cuando el último acorde murió en el silencio de la sala.

Por tres segundos interminables, nadie respiró.

Grant permaneció inmóvil, con el pecho agitado y los brazos colgando a los costados, mirándome como si acabara de ver descender a un fantasma.

Entonces, desde el fondo del salón, se escuchó un solo aplauso.

Lento. Firme. Reverencial.

Todos abrieron paso. Lady Eleanor Whitmore, la matriarca del imperio inmobiliario y la figura más intocable de la velada, avanzaba despacio apoyada en su bastón con empuñadura de plata. Tenía los ojos húmedos, fijos en mí, y un pañuelo de encaje apretado entre sus dedos temblorosos.

—Esa cadencia… —murmuró Eleanor, con la voz quebrada por una emoción que llevaba tres décadas sepultada bajo capas de apariencias—. Ese remate con el pie izquierdo en el tercer compás. Solo un hombre en este mundo bailaba el tango con esa mezcla de fuego y melancolía.

Vanessa se adelantó, intentando recuperar el control de la escena con una risa nerviosa:

—Señora Whitmore, por favor, no le preste atención a esta escena ridícula. Es solo una muchacha de la limpieza que quiso pasarse de lista…

—¡Cállate, Vanessa! —la interrumpió Eleanor con un tono tan seco y autoritario que la joven retrocedió dos pasos como si la hubieran abofeteado.

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