Fue entonces cuando escuché pasos apresurados detrás de mí.

—¡Nora! ¡Nora, espera, por favor!

Me di la vuelta. El doctor Castillo, mi oncólogo principal —un hombre que durante meses se había caracterizado por su temperamento sereno y profesional—, venía corriendo por el vestíbulo, sin bata y con un sobre manila arrugado entre las manos. Su respiración era agitada y en su rostro había una palidez que me heló la sangre.

—Doctor… ¿qué pasa? ¿Los estudios salieron mal? —pregunté, sintiendo que el pánico me arrebataba el aliento.

—No, Nora, tus estudios están limpios. El cáncer se fue —respondió, tomándome suavemente de los hombros mientras intentaba recuperar el aire—. Pero no podía dejar que cruzaras esa puerta creyendo que nadie en este mundo te ama lo suficiente como para haber estado ahí parado junto a esa campana.

Fruncí el ceño, desconcertada.

—Mi familia no vino, doctor. Ni siquiera mi padre pudo tomarse una hora para verme.

El doctor Castillo bajó la mirada. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—Tu padre no faltó por falta de amor, Nora. Tu padre lleva seis meses en este mismo hospital.

El suelo pareció abrirse bajo mis pies.

—¿Qué está diciendo? ¿Dónde está mi papá?

El médico me condujo hacia una banca solitaria en el jardín interior de la clínica. Con manos temblorosas, me entregó el sobre manila.

—Hace siete meses, cuando tu tratamiento de primera línea falló y necesitabas una terapia biológica experimental que costaba casi cien mil dólares, tu madre vino a esta oficina a firmar un desistimiento médico. Dijo que la familia no hipotecaría la casa por un caso que consideraba perdido.

Sentí náuseas. Un frío visceral me recorrió la columna.

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