
Mi hermanastra me miró con desdén:
—Pobre Sofía, mírate la cara… vivir encerrada con este monstruo debe ser un castigo peor que la muerte.
Damián no se inmutó. Con paso firme, se colocó frente a ellos, sacó una pluma de oro y firmó la última página de la carpeta que traía en mano.
—Aquí está la transferencia y la liberación total de los pagarés de Sofía —dijo Damián con voz firme, arrojando el portafolios sobre la mesa del recibidor.
Ernesto se abalanzó sobre los papeles con codicia, pero en cuanto abrió la carpeta, su sonrisa se borró de golpe.
—¿Qué es esto? —balbuceó, pálido como el papel—. Esto no es un cheque… ¡esto es una orden de aprehensión de la fiscalía anticorrupción!
En ese preciso instante, las puertas principales se abrieron de par en par. Seis agentes ministeriales armados, acompañados por un comandante federal, entraron a la mansión.
—Ernesto Garza —declaró el oficial mostrando la placa—, queda detenido por los delitos de fraude procesal, estafa agravada y homicidio culposo en grado de tentativa por el siniestro de la textilera del puerto, gracias a las pruebas contables y testimoniales recién desclasificadas.
Ernesto intentó retroceder, balbuceando excusas y mirando desesperado a mi hermanastra, quien retrocedió horrorizada mientras las esposas de acero se cerraban con fuerza alrededor de las muñecas de su padre.
—¡Sofía, dile que no firme nada! ¡Soy tu familia! —suplicó Ernesto mientras los oficiales lo arrastraban hacia las patrullas bajo la lluvia—. ¡Dile algo a este animal!
Me acerqué a la puerta, miré a Ernesto a los ojos y, con una voz cargada de firmeza y dignidad, respondí:
—El único animal en esta casa fuiste tú, viviendo diez años de rodillas ante la codicia y la mentira. Te aseguro que en la celda donde vas a dormir tendrás tiempo de sobra para aprender lo que cuesta la vida de un inocente.
Cuando las patrullas se alejaron con las sirenas encendidas y las puertas de la mansión se cerraron definitivamente, el silencio volvió a inundar el vestíbulo.
Damián se giró hacia mí, bajando la cabeza con una timidez que desentonaba con su enorme figura.
—El contrato de matrimonio incluía una cláusula de nulidad inmediata en cuanto Ernesto fuera detenido —dijo en voz baja, extendiéndome una pluma—. Eres libre, Sofía. Tienes un fondo a tu nombre, una cuenta bancaria y un departamento en la ciudad. Ya no tienes que fingir ni soportar estar al lado de un hombre como yo.
Miré los documentos de divorcio sobre la mesa. Luego miré las manos de Damián, marcadas por el fuego de una noche en que prefirió arder antes que dejar morir a otros, y finalmente miré su rostro, donde sus ojos oscuros reflejaban la nobleza más pura que jamás había conocido.
Tomé el papel de divorcio entre mis manos y, despacio, lo rompí por la mitad.
—La sociedad que te puso ese apodo vive de apariencias podridas y sonrisas falsas, Damián —le dije, dando un paso al frente y tomando sus manos callosas entre las mías sin un solo rastro de vacilación—. Me enseñaron a temerle a un monstruo, pero en esta casa solo encontré al hombre más honorable y valiente que he conocido en mi vida. Si tú me lo permites, no pienso irme a ninguna parte.
Por primera vez en diez años, una sonrisa genuina iluminó el rostro de Damián. En ese instante, comprendí que la belleza jamás perteneció a las máscaras del dinero ni a los trajes de seda, sino a aquellos corazones capaces de atravesar el fuego por los demás sin esperar nada a cambio.