—Brezo y aguarrás —dijo con voz grave y calmada—. Los usaron para encender el fuego rápido. Quien lo hizo no quería quemar el granero entero; solo quería que usted pasara la noche despierto apagándolo para minarle las fuerzas. Táctica barata de intimidación.

Griffin se quedó de piedra con las cinchas de las mulas en la mano.

—¿Y usted cómo diablos sabe eso?

Matty lo ignoró. Caminó hacia la entrada de la cabaña, empujó la puerta desvencijada con la bota y dejó su bolso de tela sobre la mesa de madera cruda. En menos de dos horas, aquella mujer que parecía un general en faldas había barrido el piso, encendido la estufa de hierro, puesto a hervir una olla de avena con cecina seca y remendado la bisagra de la alacena usando un martillo y dos clavos viejos que sacó de su propio equipaje.

Griffin la observaba desde la esquina de la cocina, sintiendo una mezcla extraña de alivio y recelo. Cada vez que él intentaba acercarse para hablar de los términos del matrimonio, ella colocaba el misterioso libro encuadernado en terciopelo sobre la mesa, siempre a su alcance, siempre cerrado con su herraje de latón.

Al caer la noche, el viento arreció contra las tablas de la casa.

Griffin cargó su viejo rifle Winchester de repetición, colocó una lámpara apagada cerca de la ventana y se ajustó el abrigo de lana para salir a montar guardia en el granero.

—Duerma en la habitación del fondo, señora Cole —dijo Griffin, apoyando la mano en el pomo de la puerta—. Hay cerrojo por dentro. Si escucha disparos, quédese en el piso y no salga bajo ninguna circunstancia.

Matty estaba sentada a la mesa, bebiendo café negro en una taza de peltre. Levantó los ojos hacia el rifle oxidado de Griffin y negó con la cabeza con un desdén evidente.

—Ese rifle tiene el resorte del percutor vencido, señor Tucker. Si dispara tres tiros seguidos, el casquillo se le va a atascar en la recámara.

Griffin sintió que la sangre se le subía a las mejillas por el orgullo herido.

—Es el único rifle que tengo, y sabe defender esta tierra. Buenas noches.

No había dado ni diez pasos en la oscuridad del patio cuando el retumbar de cascos de caballos sobre el sendero de tierra helada lo congeló en su sitio.

Tres jinetes con sombreros anchos y gabardinas largas se detuvieron frente a la cerca, recortados contra la luz pálida de la luna. Al frente venía Red Calloway, sosteniendo una antorcha encendida en una mano y una botella de licor en la otra.

—¡Tucker! —gritó el forajido con una voz rasposa que destilaba burla—. Nos enteramos de que fuiste a la estación a recoger esposa. Silas Vance nos mandó a felicitarte… y a recordarte que los regalos de boda se cobran en tierras. Tienes cinco minutos para salir con las manos arriba y el título de propiedad firmado, o te quemamos la choza con la novia adentro.

A Griffin se le secó la boca. Levantó el Winchester tembloroso, apuntó hacia el jinete del centro y martilló el arma. El corazón le latía desbocado en las sienes; sabía perfectamente que contra tres pistoleros experimentados sus probabilidades de sobrevivir eran nulas.

—¡Lárguense de mis tierras, Calloway! —gritó Griffin con la garganta desgarrada—. ¡De aquí no me saca nadie!

Calloway soltó una carcajada hedionda y levantó la antorcha para arrojarla contra el techo de paja del cobertizo.

En ese preciso instante, la puerta de la cabaña se abrió de par en par.

Una figura alta y ancha cruzó el umbral. No llevaba delantal ni pañuelo en la cabeza. Matty Cole avanzó por el porche con paso firme y pesado, sosteniendo en la mano izquierda el libro de terciopelo con cantoneras de latón.

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