—Vaya, miren a la paloma que se consiguió el granjero —se burló uno de los pistoleros que flanqueaba a Calloway, tocando la cacha de su revólver—. Regrésate a la cocina, grandota, antes de que…

Matty no lo dejó terminar.

Con un movimiento fluido y mecánico que tardó menos de un parpadeo, deslizó el pulgar sobre el herraje de latón del libro. No era un libro de oraciones. Era una funda rígida de cuero reforzado, camuflada en tela oscura, que se abrió en dos mitades perfectas dejando al descubierto un revólver Schofield calibre .45 de cañón corto con empuñadura de nácar rayada por el uso.

El primer disparo retumbó como un trueno en el valle.

La bala atravesó la muñeca de Calloway con precisión quirúrgica, haciendo volar la antorcha por los aires antes de que tocara el suelo. El forajido aulló de dolor, sujetándose el brazo ensangrentado.

Antes de que el eco del primer tiro se apagara, Matty amartilló el arma con la palma de la mano izquierda en un movimiento implacable: el segundo disparo impactó en la pierna del pistolero de la derecha, derribándolo de la silla de montar contra el lodo; el tercer disparo le arrancó el sombrero al tercero, rozándole el cuero cabelludo con un chispazo que hizo que su caballo se encabritara de pánico.

En cuestión de cuatro segundos, los tres hombres estaban en el suelo o desarmados, gimiendo en la penumbra.

Matty bajó el cañón humeante del revólver, avanzó tres pasos fuera del porche y apuntó directamente al rostro desencajado de Red Calloway.

—La última vez que te vi en Dodge City, Calloway, estabas escondido detrás de una barra llorando para que los alguaciles federales no te colgaran por robar ganado en el río Arkansas —dijo Matty con una voz que helaba los huesos—. Veo que tu puntería sigue siendo tan miserable como tu valor.

Calloway, pálido como un muerto y apretándose la muñeca destrozada, levantó la mirada hacia ella con un terror puro que le borró toda la soberbia.

—Tú… —balbuceó el pistolero, tragando sangre—. Martha «La Mula» Cole… la viuda de Abilene. Dijeron que te habías muerto en el territorio indio.

—Dijeron mal —respondió ella con frialdad—. Ahora levántate, monta a tu caballo y dile a Silas Vance que si vuelve a mandar a una rata como tú a poner un pie en esta cerca, no le voy a disparar a la mano. Iré personalmente a su mansión a cobrarle cada centavo que le debe a este condado por usurpar tierras públicas. Y tú sabes muy bien que yo nunca fallo al pecho.

Sin esperar una segunda advertencia, los pistoleros se arrastraron despavoridos, montaron a duras penas sus caballos y salieron disparados por el camino levantando una nube de polvo en la noche, dejando atrás la antorcha apagada y un charco de sangre sobre la grava.

El silencio volvió a caer sobre Bitter Creek, espeso y sobrecogedor.

Griffin permanecía inmóvil en medio del patio, con los ojos desorbitados y el viejo Winchester inútil colgando de sus brazos. Miraba a la mujer que tenía enfrente como si acabara de presenciar la caída de un rayo.

—Usted… —susurró Griffin, sin poder encontrar el aire—. Usted no es una campesina de Pensilvania.

Matty suspiró profundamente. Abrió el compartimento del cilindro del arma, expulsó los tres casquillos vacíos con un chasquido metálico y volvió a colocar el revólver dentro del armazón del falso libro de terciopelo.

—Fui ayudante de comisario durante siete años en Kansas, señor Tucker —dijo ella, cerrando el broche de latón con calma—. Y antes de eso, defendí una granja durante tres años contra una banda de saqueadores hasta que la viruela se llevó a mi esposo y a mi hijo. Cuando vi su anuncio en el periódico buscando una mujer fuerte que no tuviera miedo de ensuciarse las manos, supe que no buscaba una cocinera; buscaba a alguien que le ayudara a no morir de rodillas.

Griffin bajó la cabeza, sintiendo que la garganta se le cerraba por la vergüenza y el asombro.

—Le mentí en las cartas —admitió él en voz baja—. Le dije que el rancho era próspero y que solo necesitaba compañía. La verdad es que estoy arruinado y no tenía cómo defenderme.

Matty caminó hacia él, se detuvo a escasos centímetros y le puso una mano pesada y firme sobre el hombro.

—La tierra está seca, señor Tucker, pero la cerca sigue en pie y usted salió con ese pedazo de chatarra a dar la cara en lugar de esconderse debajo de la cama. Eso me basta. Mañana a primera hora vamos a desviar de regreso el canal del agua, limpiaremos ese pozo y le enseñaré a calibrar ese percutor para que dispare derecho.

Griffin levantó la mirada hacia ella. Por primera vez en muchos meses, no vio la ruina ni el final del camino; vio la fuerza indestructible de dos supervivientes que la vida había arrastrado hasta el mismo rincón del mundo.

—Trato hecho, señora Tucker —dijo él con una sonrisa cansada pero firme.

Matty asintió con una leve inclinación de cabeza, dio media vuelta y entró a la cabaña a terminar de calentar el café, mientras las estrellas de Wyoming comenzaban a brillar sobre un rancho que, a partir de esa noche, nadie volvería a intentar arrebatarles.

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