
No guardé pedazos de tela ni una tabla de recuerdo. Me lo pregunté durante unos segundos, pero comprendí que no necesitaba añadir otra complicación.
Ya tenía recuerdos que no cabían dentro de una bolsa.
La casa quedó extraña con aquel espacio vacío.
Más luminosa.
También más desnuda.
Durante los días siguientes hubo ropa que preparar, cosas que ordenar y horarios que coordinar. Gasté dinero que tenía destinado a reparar la camioneta.
Dormí unas noches en casa de Lucía con Bruno, siguiendo las indicaciones que nos habían dado.
Mi sobrino quiso convertirlo en huésped de honor. Le puso un letrero sobre su cama que decía “Aquí duerme Bruno”.
El perro lo olfateó y se acostó encima.
Nos reímos.
Yo necesitaba escuchar aquella risa.
Sin embargo, conmigo seguía más cuidadoso de lo habitual.
Si me levantaba deprisa, alzaba la cabeza.
Si mi voz subía mientras hablaba por teléfono, se apartaba unos pasos.
Antes quizá habría pensado que estaba sensible. Ahora veía mi propio grito repetido en sus movimientos.
Una noche me senté cerca de su cama.
No lo llamé.
Dejé la mano sobre el piso y esperé.
Bruno me observó un rato. Después se levantó, dio una vuelta y se acostó un poco más cerca.
No intenté abrazarlo.
Me quedé allí hasta que cerró los ojos.
Las cosas mejoraron sin un momento espectacular.
Aceptó una caricia.
Volvió a traerme la pelota.
Una mañana apoyó el hocico sobre mi rodilla mientras yo desayunaba.
Tuve que dejar la taza.
Lucía, que estaba lavando unos platos, me vio pasarle la mano por la cabeza.
No dijo nada.
Le agradecí ese silencio.
El tratamiento de la casa tampoco terminó con una sola visita. Hubo seguimiento, inspecciones y días en los que cualquier pelusa oscura me hacía detenerme.
Las primeras noches de regreso dormí poco.
Me levantaba a revisar las sábanas y encendía la lámpara antes de sentarme.
Bruno recorría las habitaciones con la nariz cerca del piso. Yo lo seguía con los ojos, tratando de no convertir cada movimiento suyo en una alarma.
Fui aprendiendo a observar sin inventar.
Si olfateaba una esquina, revisaba.
Si buscaba su pelota debajo de un mueble, lo ayudaba.
Ya no daba por hecho que todo era capricho, pero tampoco esperaba que él resolviera lo que me correspondía atender a mí.
Con el paso de las semanas, las revisiones trajeron tranquilidad.
La comezón dejó de interrumpir mis noches. Volví a desayunar sin rascarme las muñecas.
El espacio junto a la ventana permaneció vacío un tiempo.
Un domingo Lucía llegó con una caja de fotografías de mi papá.
Las extendimos sobre la mesa.
Había una donde aparecía en el sillón, dormido, con unos lentes chuecos y el periódico doblado sobre el pecho. En otra me tenía sentado en las piernas.
Yo era un niño flaco, con un diente de menos.
Miré la imagen durante mucho rato.
Podía recordar el ruido del periódico, su mano pesada sobre mi hombro, la manera de preguntarme cómo me había ido en la escuela.
El sillón apenas se veía.
Lo que yo extrañaba llenaba toda la fotografía.
Elegí esa y la puse en un marco.
Después llevé una silla sencilla hasta la ventana. Era una que ya tenía en la cocina, firme y fácil de mover.
Bruno se acercó mientras yo la acomodaba.
Olfateó una pata, dio media vuelta y se echó sobre su manta.
Me senté.
Durante unos segundos miré el rincón, esperando sentir la misma pérdida de las primeras noches.
En cambio, escuché su respiración tranquila.
Lo llamé en voz baja.
Levantó la cabeza y esta vez vino enseguida.
Apoyó el hocico sobre mis piernas, como siempre había hecho, y cerró los ojos cuando le acaricié la oreja doblada.
—Perdóname, compañero.
No sé qué entendió de aquellas palabras.
Lo que sí supe fue que había vuelto a quedarse cerca de mí sin miedo.
Desde entonces, la fotografía de mi papá está junto a la ventana. A veces me siento allí al terminar el trabajo y le cuento a Bruno cualquier tontería del día.
Él escucha un rato.
Después se duerme.
Ya no tengo aquel sillón.
Tengo una silla menos cómoda, una fotografía que antes permanecía guardada y un perro que vuelve a confiar en mis manos.
Cuando apoyo los pies junto a su manta, procuro hacerlo despacio.
Y si Bruno levanta la cabeza porque algo le inquieta, dejo lo que estoy haciendo.