
Se hizo otra pausa larga. Parecía que los dos queríamos decir algo más, pero las palabras pesaban demasiado. Fue ella quien rompió la distancia con una confesión que no vi venir:
—Denis y yo ya no estamos juntos. Terminamos hace casi tres meses.
Aunque una parte de mí siempre supo que aquella locura no podía durar, escuchar la confirmación no me trajo el alivio ni la satisfacción vengativa que alguna vez creí que sentiría. Solo sentí una amarga lástima.
—¿Qué pasó? —pregunté sin aspereza, simplemente buscando entender el rompecabezas.
Olga soltó un suspiro entrecortado y apoyó la espalda contra la puerta de su coche, cruzando los brazos como si intentara protegerse del frío.
—Pasó la realidad —dijo con la voz quebrada—. Al principio todo era un torbellino. Me sentía viva, deseada, admirada. Denis me decía cosas que tú hacía años no me decías. Me sentía de treinta otra vez, creía que la vida me estaba dando una segunda oportunidad que se me escapaba de las manos. Pero la juventud prestada no dura nada.
Sus ojos se humedecieron, pero contuvo las lágrimas con orgullo.
—A los tres meses de vivir en su departamento rentado, me di cuenta de que no teníamos nada de qué hablar. Sus amigos hablaban de cosas que a mí no me interesaban; su mundo era la música ruidosa, salir hasta las cuatro de la mañana, tomarse fotos para redes sociales y vivir al día. Yo pagaba la mayoría de las cuentas, compraba la despensa y resolvía los problemas mientras él pasaba horas frente al espejo. Un día me escuché a mí misma pidiéndole que bajara el volumen de la música para poder descansar y vi en sus ojos la misma mirada de fastidio con la que un hijo mira a su madre pesada.
Tragó saliva, clavando la vista en el asfalto.
—Esa noche entendí que yo no era su gran amor. Para él, yo era una mujer madura que le resolvía la vida y le daba cierta estabilidad; y para mí, él solo había sido un intento desesperado por no envejecer. Denis empezó a salir con chicas de su edad, y cuando le reclamé, se rio en mi cara y me dijo que no me hiciera ilusiones, que él estaba en la flor de su vida y yo ya iba de salida. Recogí mis cosas en dos maletas y me fui a un departamento pequeño cerca del centro.
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