
—Voy a terminar con esto —le dije a Héctor con una voz tan seca y fría que ni yo mismo la reconocí.
Héctor, mi jefe de seguridad y el hombre que había cuidado a mi familia durante casi dos décadas, asintió en silencio y me siguió de cerca cuando abandoné la sala de monitores. A cada paso que daba por el pasillo de mármol de mi casa, el eco de los tacones de Renata retumbaba en las paredes, acompañado por sus gritos histéricos que llegaban con total claridad desde la sala principal:
—¡Marisol, estás despedida! ¡Eres una sirvienta incompetente y una ladrona! ¡Recoge tus trapos ahora mismo antes de que llame a la policía para que te saque a patadas a la calle!
Me detuve en el umbral de la puerta.
—Entonces tendrás que pedir dos patrullas, Renata… porque tendrán que llevarme a mí también.
Renata se dio la vuelta como si le hubieran disparado. El color se le escapó del rostro en una fracción de segundo, dejándola blanca como el papel. Se quedó con un dedo acusador congelado en el aire y la boca abierta, mientras sus ojos iban de mi traje a la presencia imponente de Héctor parado a mis espaldas.
—¿A-Alejandro? —balbuceó, tragando saliva con dificultad—. Mi amor… ¿qué haces aquí? Me dijiste que tu junta en Santa Fe duraría todo el día…
No le respondí. Ni siquiera pude mirarla a los ojos.
Toda mi atención cayó sobre la escena que se desarrollaba en el rincón junto al ventanal. Mi pequeña Sofía, de apenas seis años, estaba sentada en el suelo, temblando de pies a cabeza, con la carita empapada en lágrimas y los bracitos aferrados con desesperación a su conejo de peluche descosido. Su hermana mayor, Valeria, de nueve años, la cubría con su propio cuerpo, interponiéndose como un pequeño escudo entre la furia de Renata y su hermanita.
Marisol, la nana leal que había visto nacer a mis hijas y que cuidó a mi esposa Gabriela hasta su último suspiro, permanecía de pie a un lado con la cabeza baja, llorando en silencio para no asustar más a las niñas.
—Papá… —susurró Sofía con un hilito de voz que me atravesó el pecho como una daga.
Me desentendí de todo y corrí hacia ellas. Me arrodillé sobre el piso frío y abrí los brazos.
Las dos niñas se abalanzaron hacia mí con un llanto desgarrador, escondiendo sus rostros contra mi pecho con una fuerza desesperada, como si tuvieran miedo de que al pestañear yo volviera a desaparecer.
—Estoy aquí, princesas… papá está aquí —les susurré, acariciándoles el cabello con las manos temblorosas—. Ya nadie las va a lastimar. Se los juro por mi vida.
—Pensé que te habías ido para siempre… —sollozó Sofía contra mi cuello—. Renata nos dijo que estabas harto de nosotras y que no ibas a volver.
Sentí que algo se desgarraba en lo más profundo de mis entrañas. Una furia sorda y ardiente me nubló la vista.
Renata dio dos pasos rápidos hacia nosotros, juntando las manos con un gesto de falsa inocencia:
—Alejandro, por favor, escúchame… estás malinterpretando todo. Estas niñas están fuera de control. Sofía me contestó de mala gana y Valeria intentó empujarme cuando quise quitarle ese peluche viejo lleno de bacterias. Marisol las solapa en todo y las pone en mi contra. ¡Yo solo estaba intentando poner orden!
Me incorporé con lentitud. Cuando me giré hacia ella, mi mirada debía tener algo aterrador, porque Renata retrocedió instintivamente un paso.
—No vuelvas a dar un solo paso hacia mis hijas —le advertí con un tono tan bajo y gélido que el aire en la sala pareció congelarse—. Ni se te ocurra volver a ponerles una mano encima.
—¡¿Pero qué te pasa?! —gritó ella, intentando recuperar su careta de indignación—. ¡Soy tu prometida! ¡En tres meses seré la señora de esta casa! ¡Tengo derecho a educarlas!
Continúa en la página siguiente