
—Renata solicitó formalmente a través de un bufete externo un desglose notarial sobre el fideicomiso irrevocable que Gabriela dejó para tus hijas. Quería saber con exactitud los porcentajes de administración y qué pasaría con los bienes si tú fallecías o si las niñas quedaban bajo tutela legal antes de cumplir la mayoría de edad.
Sentí un escalofrío helado en la espalda.
—¿Y cómo demonios consiguió acceso a un documento confidencial que solo tengo yo en mi caja fuerte?
Ricardo guardó silencio unos segundos, respiró hondo y soltó la bomba:
—Alguien de tu círculo más íntimo le abrió la puerta. Esteban Vargas.
El nombre de Esteban me cayó como un mazo en la cabeza. Esteban había sido mi director financiero durante doce años. Había comido en mi mesa, conocía a mis padres, fue testigo en mi boda con Gabriela y yo le había confiado las finanzas de todas mis empresas.
—No puede ser… —murmuré, negándome a creerlo—. Esteban es incapaz.
—Los registros bancarios no mienten, Alejandro —respondió Ricardo, deslizando tres hojas sobre mi escritorio—. Rastreamos una transferencia de doscientos cincuenta mil dólares desde una sociedad fantasma en Panamá registrada a nombre del hermano de Renata hacia una cuenta en las Islas Caimán a nombre de la esposa de Esteban. Le pagaron para entregar copias del testamento de Gabriela y de las actas constitutivas de la empresa familiar.
En ese instante sonó mi interfono. Era Marisol, pidiendo hablar conmigo a solas.
La hice pasar. La leal mujer traía las manos apretadas contra su delantal y los ojos hinchados por la falta de sueño:
—Don Alejandro… hay algo que debí decirle hace mucho tiempo, pero tenía pavor de que no me creyera. Hace dos meses, mientras usted estaba en Nueva York, encontré a la señorita Renata en la biblioteca a altas horas de la noche. Tenía abierto el cajón del escritorio donde usted guarda los recuerdos de la señora Gabriela.
Me puse de pie de un salto y caminé con paso firme hacia la biblioteca, seguido por Ricardo y Marisol.
Fui directo al cajón de cedro que mantenía bajo llave. Al abrirlo, todo parecía estar en orden a simple vista: las fotos de mi matrimonio, el diario de los últimos días de Gabriela y las cartas que nos escribíamos cuando éramos jóvenes. Pero en el fondo faltaba algo.
El sobre lacrado que Gabriela había escrito tres semanas antes de morir, con el título: «Para cuando mis hijas tengan que entender quiénes son».
Estaba vacío.
—Héctor —llamé por el radio con urgencia—. Trae el respaldo de video de la biblioteca de los últimos sesenta días.
Quince minutos después, en la pantalla de mi despacho apareció la grabación infrarroja: Renata entraba a la biblioteca a las dos de la mañana con una llave maestra. Detrás de ella entraba Esteban Vargas. Juntos sacaron la carta de Gabriela, la extendieron sobre la mesa y Esteban le tomó fotografías con su teléfono.
En el audio de alta fidelidad se escuchó con escalofriante claridad la voz de Esteban:
—Si Alejandro llega a leer esta carta antes de casarse contigo, todo el plan se cae al demonio. Mauricio nos mata a los dos.
Me quedé sin aire en los pulmones.
¿Mauricio?
Mauricio era mi hermano mayor. Nos habíamos distanciado hacía quince años tras una disputa brutal por la herencia de mi padre, luego de que descubrí que había intentado desviar fondos de la constructora familiar. Mauricio juró arruinarme y desapareció del país. Jamás volví a saber de él.
Antes de que pudiera procesar el golpe, mi teléfono móvil vibró sobre la mesa. Era una llamada de un número fijo desconocido.
Respondí con la respiración entrecortada:
—¿Bueno?
—Señor Alejandro… qué alivio que me conteste —dijo una voz temblorosa de mujer madura—. Mi nombre es Teresa Molina. Fui la jefa de enfermeras del hospital Ángeles que atendió a su esposa Gabriela durante sus últimas semanas de vida.
—Señorita Molina… ¿qué pasa? ¿por qué me busca después de cuatro años?
—Porque llevo cuatro años viviendo con un peso en el alma que ya no puedo cargar —dijo la mujer, rompiendo en llanto—. Antes de entrar a terapia intensiva, su esposa me hizo prometerle que le entregaría a usted un paquete personal en sus propias manos. Pero el día que ella falleció, el señor Esteban Vargas me interceptó en el pasillo, me amenazó con quitarme mi cédula profesional y me dijo que usted estaba tan mal que no debía ver esos papeles. Tuve miedo y me callé… pero hace unos días vi en las noticias que usted se iba a casar otra vez y supe que tenía que buscarlo. Tengo el expediente original conmigo.
Nos vimos una hora después en una pequeña cafetería al sur de la ciudad. Teresa llegó con un sobre manila sellado con cinta canela y me lo entregó con manos vacilantes.
Al rasgar el sobre, encontré copias de auditorías internas que Gabriela había mandado hacer en secreto meses antes de que el cáncer la venciera. Mi esposa había descubierto que Esteban y mi hermano Mauricio llevaban años lavando dinero a través de empresas fachada para intentar embargar mis activos en caso de mi fallecimiento.
Continúa en la página siguiente