—Acabo de pasar cuarenta minutos en la sala de seguridad, Renata —solté, señalando hacia el pasillo—. Vi cada segundo de lo que hiciste cuando creíste que el chofer ya me había llevado al aeropuerto. Vi cómo le arrebataste el juguete a mi hija menor para aventarlo a la basura. Vi cómo jalaste a Valeria del brazo cuando intentó defender a su hermana. Y escuché cada una de las amenazas venenosas con las que has estado aterrorizando a estas niñas a mis espaldas.

Renata palideció aún más. Sus labios comenzaron a temblar sin control:

—¡Marisol te manipuló! ¡Esa mujer puso micrófonos o inventó cosas para arruinarme!

—Marisol no dijo una sola palabra —la corté de tajo—. Las cámaras hablaron por ella.

Miré a Héctor por encima del hombro.

—Lleva a las niñas y a Marisol a la cocina. Que coman algo caliente y que preparen sus cosas para ir a la casa de campo.

Héctor asintió y se llevó a mis hijas con una ternura paternal. En cuanto las puertas batientes se cerraron y nos quedamos completamente solos en la enorme sala, miré a la mujer con la que estuve a punto de cometer el peor error de mi existencia.

—Quiero que me digas la verdad —le exigí—. ¿Cuánto tiempo llevas tratando a mis hijas como basura?

Renata se cruzó de brazos, y en ese instante se le cayó la última máscara de dulzura. Su rostro se transformó en una mueca de desprecio amargo:

—Son unas niñas malcriadas y caprichosas, Alejandro. Desde que murió Gabriela las tienes consentidas como si fueran de cristal. Necesitaban mano dura. Una madre de verdad no les permite lloriquear por todo.

—Una madre de verdad no amenaza a una niña de seis años con mandarla a un internado si no se come la comida fría —le respondí, conteniendo las ganas de gritar—. Nuestra boda está cancelada.

Renata se quedó de piedra. Sus ojos se abrieron desorbitados:

—No puedes hablar en serio… ¡Ya mandamos las invitaciones a media ciudad! ¡Mi familia ya pagó la reserva en el Club de Golf! ¡Alejandro, vas a hacer el ridículo frente a todos nuestros socios!

—Me importa un carajo el Club de Golf y me importan un carajo tus socios —sentencié—. Te doy exactamente una hora para que empaques tu ropa y tus maletas. Héctor supervisará que solo te lleves lo que es tuyo. Si después de las seis de la tarde sigues en esta propiedad, la policía te sacará por allanamiento de morada.

—¡Te vas a arrepentir de esto, Alejandro! —me gritó con un veneno puro destilando de su boca mientras subía las escaleras con furia—. ¡No tienes idea del error que estás cometiendo! ¡No sabes con quién te estás metiendo!

Esa noche me senté al borde de la cama en la recámara de mis hijas.

Sofía dormía profundamente, agotada por el llanto, con su conejo apretado contra el pecho. Valeria estaba recostada a su lado, con los ojos muy abiertos mirando el techo en la penumbra.

—Cariño… —le susurré, acariciándole la frente—. ¿Por qué no me dijeron nada antes? ¿Por qué aguantaron tanto tiempo en silencio?

Valeria me miró y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos almendrados:

—Teníamos miedo, papá… Cada vez que tú salías de viaje, Renata nos decía que tú estabas cansado de cuidarnos, que los hombres ricos se aburrían rápido de las viudas y de los huérfanos. Nos decía que si te dábamos quejas, tú pensarías que éramos una carga y nos mandarías a una escuela militar en el extranjero. Y juró que si Marisol abría la boca, ella se encargaría de que la metieran a la cárcel por robo.

Se me hizo un nudo en la garganta tan doloroso que apenas pude respirar. Apreté a mi hija mayor contra mi pecho y le pedí perdón una y otra vez. Había pasado cuatro años matándome en la oficina, cerrando contratos millonarios y construyendo un imperio financiero convencido de que les estaba dando un futuro seguro… sin darme cuenta de que el verdadero peligro dormía bajo mi propio techo y se sentaba a nuestra mesa todos los días.

A la mañana siguiente, a primera hora, llamé a mi abogado de cabecera, el licenciado Ricardo Salinas.

Le entregué las grabaciones de seguridad y le pedí que disolviera de inmediato cualquier acuerdo prenupcial y cualquier vínculo financiero con la familia de Renata. Pero dos horas después, Ricardo regresó a mi despacho con una carpeta gruesa bajo el brazo y una expresión tan sombría que me puso en alerta al instante.

—Alejandro, esto no es solo un berrinche de una prometida despechada —dijo Ricardo, cerrando la puerta con llave—. Encontramos movimientos financieros gravísimos en los últimos tres meses.

—¿De qué estás hablando, Ricardo?

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