
—¿Y ella? ¿La mujer con la que estás casado?
—Cuando Ana murió, Elena y yo ya llevábamos dos años de novios. Nos casamos a los pocos meses para poder tramitar una adopción rápida y que nadie en el pueblo hiciera preguntas. Al principio, Elena fue un ángel. Te cuidaba como si fueras de su propia sangre. Pero con los años, el rencor la fue carcomiendo. No soportaba ver que crecías idéntica a Ana. No soportaba saber que esta casa, las tierras, el dinero… todo era para ti, mientras que nosotros vivíamos al día pagando deudas.
Me acerqué a la cómoda, sintiendo las piernas de trapo. Abrí el sobre de manila. Dentro no estaban los documentos originales del banco, sino copias recientes. Un estado de cuenta de apenas cuatro días atrás. Y junto a él, una notificación de trámite legal firmada por un abogado desconocido.
—Ayer entré al despacho de Elena a buscar unos papeles del coche —continuó mi padre, con la voz ahogada por la rabia—. Encontré esto. Elena contrató a un bufete penal hace seis meses. Descubrió una cláusula de incapacidad y ausencia. Estaba tramitando una declaración judicial para demostrar que tú no estabas mentalmente apta para administrar esos bienes debido a tus episodios de ansiedad en la prepa. Y lo peor… solicitó el traspaso provisional de los fondos a su nombre. Falsificó mi firma en dos consentimientos. Ya sólo le faltaba una última firma tuya, disfrazada en los papeles de tu seguro universitario que pensaba darte a firmar la próxima semana.
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