
—Ya estuvo, apá. Ya pasó el peligro. Nadie lo va a volver a tocar —le dije al oído, sintiendo cómo se me nudaba la garganta.
El viejo me miró con sus ojitos cansados, llenos de lágrimas, y por primera vez en toda la noche soltó un suspiro de alivio.
—Sabía que venías, mi niña… —murmuró con la voz cortada—. Sabía que tú no ibas a dejar que me llevaran.
Esa misma noche pedí una ambulancia con escolta federal para trasladar a mi papá al mejor hospital de la ciudad y hacerle una prueba toxicológica completa. El dictamen médico confirmó la presencia de sedantes pesados y neurotoxinas en su sangre, la prueba irrefutable que los fiscales necesitaban.
Courtney y Brandon no solo no se quedaron con un solo centavo del patrimonio de mi padre, sino que terminaron en una prisión de máxima seguridad enfrentando cargos federales sin derecho a fianza. Y yo me tomé una licencia indefinida en la agencia; porque después de años de proteger a desconocidos, me tocó entender que el verdadero trabajo de mi vida era cuidar al hombre que me lo dio todo, poniéndolo a salvo de las verdaderas víboras que habitaban en nuestra propia familia.