
Leo no hizo caso de los guardias que ya le estaban poniendo las manos en los hombros. Con la agilidad que le había dado el hambre y las carreras diarias por las calles, se zafó del agarre, dio dos pasos rápidos hacia la incubadora y estiró el brazo derecho.
—¡Hey! ¡Alto, chamaco loco! —gritó el médico jefe, intentando abalanzarse sobre él.
Pero Richard Coleman, aunque estaba destrozado por el dolor, vio algo en la mirada del niño. No era la mirada de un ladrón ni de un mendigo buscando limosna; era la mirada calculadora y aguda de alguien que ha tenido que descifrar cada pequeño detalle del mundo para sobrevivir.
—Esperen —ordenó Richard con una voz ronca que apenas y salió de su garganta—. Déjenlo ver.
Leo se paró de puntitas frente a la cama de cristal. Con un movimiento rápido, estiró los dedos y, con una precisión quirúrgica que dejó helados a los ocho especialistas, presionó exactamente un punto estratégico detrás de la oreja derecha del bebé, justo donde se unía con el cuello, aplicando un suave masaje en espiral hacia arriba.
Isabelle soltó un grito ahogado y dio un paso al frente para apartarlo, pero antes de que pudiera tocarlo, ocurrió lo imposible.
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