
El bebé abrió la boca de golpe.
De su garganta salió disparado un diminuto objeto metálico que cayó sobre la bandeja de acero inoxidable con un eco seco: clink.
Todos se quedaron petrificados mirando la bandejita. Era un fragmento microscópico de aluminio, una rebaba afilada como una hoja de afeitar que venía oculta, probablemente, en algún juguete de importación o en la ropa de cama, y que se le había clavado en un pliegue profundo de la tráquea, bloqueando por completo el paso del aire y engañando a los escáneres con una falsa sombra de tumor.
Un segundo después, el monitor cardíaco dejó de emitir la temida línea plana.
¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP!
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