
El ritmo cardíaco regresó con fuerza. El pecho del pequeño subió y bajó en una bocanada de aire desesperada y, al instante, estalló en un llanto fuerte, sano y claro que resonó por toda la habitación.
Isabelle se derrumbó de rodillas, sollozando, pero esta vez de alivio, mientras abrazaba la incubadora. Los ocho médicos se miraron entre sí, rojos de vergüenza, incapaces de articular una sola palabra ante el hecho de que un niño de la calle había visto lo que sus costosos equipos y años de universidad pasaron por alto.
Richard Coleman se quedó paralizado un instante. Luego, con los ojos llenos de lágrimas, se arrodilló frente a Leo. Tomó la pequeña cartera negra que el niño aún sostenía en la mano, la dejó a un lado sin importarle el dinero y estrechá a Leo en un abrazo fuerte y sincero, a pesar de que el pequeño olía a polvo, a cartón mojado y a pobreza.
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