
—Eso es imposible —murmuró el hombre, con la voz temblorosa—. Porque esa mujer también es mi esposa.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué acabas de decir?
El hombre dejó caer la bolsa de las compras. Una botella de leche rodó por la banqueta, pero ninguno de los dos se movió para recogerla.
—Me llamo Daniel —respondió—. Y llevo seis años casado con la mujer de esa fotografía.
Solté una risa nerviosa.
—No. No puede ser. Yo llevo ocho años con ella. Nos casamos hace tres.
Daniel se quedó mirándome como si hubiera visto un fantasma.
—¿Cómo se llama tu esposa?
—Laura.
El hombre cerró los ojos.
—La mía también.
Por unos segundos, ninguno dijo una palabra.
Finalmente, Daniel sacó su celular y me mostró una fotografía de su boda.
Ahí estaba ella.
Mi Laura.
Vestida de blanco, sonriendo frente a un altar, abrazada a un hombre que yo jamás había visto.
La fecha de la fotografía era de hacía seis años.
Dos años después de que Laura y yo comenzáramos nuestra relación.
Sentí unas ganas terribles de vomitar.
—Esto tiene que ser una broma —susurré.
Daniel comenzó a revisar desesperadamente su teléfono.
—Espera. Hay algo que necesitas ver.
Me mostró fotografías de cumpleaños, vacaciones, aniversarios y reuniones familiares.
En todas aparecía mi esposa.
Pero había algo todavía más extraño.
En las fotografías de Daniel, Laura parecía tener una vida completamente diferente.
Tenía otro grupo de amigos, otra familia política y hasta un perro que jamás había mencionado.
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