
—Ella me dijo que trabajaba como consultora y que tenía que viajar constantemente —explicó Daniel—. Se ausenta de casa varios días al mes.
Me quedé helado.
Laura me decía exactamente lo mismo.
Solo que, según ella, esos viajes eran para visitar clientes en otras ciudades.
De pronto, todas las noches que pasé esperándola cobraron un significado completamente distinto.
—¿Dónde está ahora? —pregunté.
Daniel tragó saliva.
—Se supone que está en un viaje de trabajo. Regresa mañana.
Mi corazón dio un vuelco.
—A mí me dijo que estaría fuera hasta el domingo.
Nos miramos en silencio.
Entonces Daniel dijo:
—Creo que debemos entrar. Hay algo más que quiero mostrarte.
Lo seguí hasta su casa.
En la sala había retratos de Laura por todas partes. Sobre una repisa descansaban recuerdos de viajes, fotografías de aniversario y una pequeña caja de madera.
Pero lo que realmente me dejó sin palabras estaba junto al sofá.
Era una fotografía de Laura abrazando a una niña de aproximadamente cuatro años.
—¿Quién es esa niña? —pregunté.
Daniel sonrió tristemente.
—Nuestra hija. Sofía.
Tuve que sentarme.
Mi esposa tenía una hija.
Una niña de cuya existencia yo no sabía absolutamente nada.
Durante años, Laura me había dicho que todavía no estaba preparada para tener hijos.
Cada vez que yo mencionaba la posibilidad de formar una familia, encontraba una excusa.
Ahora comenzaba a entender por qué.
—¿Tu hija está aquí? —pregunté.
—No. Está con mi mamá.
Me cubrí el rostro con ambas manos.
Daniel se sentó frente a mí.
Por primera vez, vi lágrimas en sus ojos.
—No sé quién eres, pero creo que los dos hemos vivido una mentira.
Pasamos las siguientes dos horas comparando mensajes, fechas y fotografías.
Descubrimos que Laura tenía una habilidad impresionante para organizar sus dos vidas.
Cuando conmigo estaba de viaje por trabajo, en realidad estaba con Daniel.
Cuando le decía a Daniel que visitaba a su madre enferma, estaba en nuestra casa.
Y cuando desaparecía durante los fines de semana, inventaba conferencias, reuniones y compromisos laborales.
Todo estaba perfectamente planeado.
Hasta que Daniel encontró algo en su computadora.
Un documento con un nombre extraño.
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