
La oficina quedó completamente en silencio.
Ethan seguía sin apartar la vista de mí, como si todavía intentara aceptar lo que acababa de escuchar.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —preguntó al fin.
Respiré hondo antes de contestar.
—Porque quería que la gente conociera mi trabajo, no mi apellido. Si todos supieran quién soy desde el primer día, jamás sabría si me respetan por mis capacidades o por el dinero de mi familia.
Adrian cruzó los brazos.
—Y, por si quedaba alguna duda, nadie en mi familia la obligó a trabajar aquí. Esa decisión fue únicamente de ella.
Ethan bajó la cabeza.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía un hombre verdaderamente arrepentido.
—Lily… cometí un error muy grande.
—Sí, lo hiciste.
—Te juzgué sin escucharte.
—Y eso fue lo que más me dolió.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Entonces Adrian dejó la bolsa del desayuno sobre el escritorio.
—Bueno, ya que aclaramos el drama familiar, podemos hablar de negocios.
Ethan recuperó un poco la compostura.
—Estoy listo.
—No todavía.
Adrian sacó una carpeta con varios documentos.
—Anoche revisé el proyecto del resort.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Sabía que esa reunión podía decidir el futuro de Blake & Co.
Adrian abrió la carpeta.
—La idea me gusta.
Ethan levantó la vista con sorpresa.
—Pero…
—Siempre hay un “pero”.
Adrian comenzó a señalar cada punto débil del proyecto.
Habló del presupuesto, de los riesgos financieros, del calendario de construcción y de los posibles problemas durante la temporada baja.
Durante casi una hora no dejó escapar un solo detalle.
Le hizo preguntas difíciles.
Muy difíciles.
Y, para mi sorpresa, Ethan respondió la mayoría con absoluta honestidad.
Cuando no sabía algo, simplemente lo reconocía.
No inventó cifras.
No buscó excusas.
Tomó notas y aceptó cada observación.
Adrian permaneció callado unos segundos antes de cerrar la carpeta.
Después sonrió ligeramente.
—Eso era lo que quería comprobar.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Si eras capaz de aceptar tus errores.
El silencio volvió a llenar la oficina.
—Muchos empresarios prefieren mentir antes que admitir que necesitan mejorar. Tú no lo hiciste.
Ethan respondió con tranquilidad.
—Prefiero perder una negociación que construir un proyecto basado en mentiras.
Adrian asintió.
—Buena respuesta.
Se levantó lentamente.
—Tendrás una reunión formal mañana con mi equipo financiero.
Sentí un enorme alivio.
Ethan apenas podía creerlo.
—¿Eso significa que…?
—Significa que todavía no tienes la inversión.
La sonrisa de Ethan desapareció.
Adrian soltó una pequeña risa.
—Pero tampoco tienes un rechazo.
Si mañana logras convencer a mi comité, Lockwood Capital financiará la primera etapa del proyecto.
Ethan extendió la mano.
—Gracias por la oportunidad.
Adrian estrechó su mano.
—No me agradezcas todavía. Soy bastante exigente cuando invierto mi dinero.
Antes de salir del despacho, mi hermano se acercó a mí.
—Y tú…
—¿Qué?
—Come el desayuno.
—Estoy trabajando.
—Precisamente por eso.
Sonreí con resignación.
Ese era Adrian.
Siempre serio para los negocios.
Siempre insoportable como hermano.
Cuando finalmente salió de la oficina, Ethan permaneció inmóvil durante varios segundos.
Después se volvió hacia mí.
—No sé cómo reparar el daño que te hice.
Lo observé en silencio.
Su orgullo había desaparecido por completo.
Solo quedaba un hombre arrepentido.
—No puedes cambiar lo que pasó.
—Lo sé.
—Pero puedes demostrar que aprendiste de ello.
Él asintió lentamente.
—Lo haré.
Aquella tarde trabajamos juntos preparando la presentación para el comité de inversión.
Por primera vez no éramos únicamente jefe y secretaria.
Éramos dos personas luchando por salvar una empresa que significaba demasiado para ambos.
Mientras revisábamos los últimos documentos, Ethan dejó una taza de café junto a mi computadora.
—Sin azúcar.
Lo miré sorprendida.
—¿Todavía recuerdas cómo me gusta?
Él sonrió con discreción.
—Nunca lo olvidé.
Por primera vez desde aquella discusión, no sentí enojo.
Solo la esperanza de que, quizá, todavía era posible empezar de nuevo.
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