
—¿Quién es?
—Me llamo Rafael Salgado.
Ella no reconoció el nombre.
Entonces él miró el jardín, después el vientre de Emilia y dijo algo que la hizo apretar todavía más el mango de la azada.
—Sé que va a sonar absurdo… pero necesito preguntarle si puedo quedarme.
—¿Quedarse dónde?
—Aquí. Cerca. El tiempo que usted me permita.
Emilia retrocedió.
—No sé quién es usted, pero se equivocó de casa.
Rafael no intentó entrar.
—Tiene razón en desconfiar.
Tomó sus maletas.
—Volveré cuando pueda explicarle por qué vine.
Antes de irse vio que la reja estaba vencida de una bisagra. Mauricio llevaba meses prometiendo arreglarla.
Rafael dejó las maletas, sacó unas pinzas de una mochila y ajustó la pieza sin pedir permiso para entrar.
Tardó menos de cinco minutos.
Luego se marchó.
Aquello debió ser el final.
No lo fue.
Dos días después, Emilia encontró un costal de abono junto a la entrada.
Después apareció leña seca.
Luego alguien cambió dos láminas del techo que goteaban sobre la habitación del bebé.
Emilia supo inmediatamente quién era.
Cuando lo sorprendió una mañana reparando la cerca del terreno vecino para evitar que unas cabras siguieran metiéndose a sus flores, explotó.
—¡Ya basta!
Rafael dejó las herramientas.
—Emilia…
Ella se quedó helada.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Él bajó la mirada.
—Porque no llegué aquí por casualidad.
—Entonces dígame qué quiere.
—Nada.
—Nadie hace todo esto por nada.
Rafael permaneció callado unos segundos.
—No estoy intentando comprarle confianza. Estoy pagando una deuda.
—¿Qué deuda?
Los ojos del hombre se humedecieron.
—Una que empezó hace siete años, en una carretera de la sierra.
Emilia sintió un escalofrío.
Siete años.
Exactamente el tiempo que llevaba desaparecido Santiago, su hermano mayor.
Rafael levantó la mirada.
—Y tiene que ver con la noche en que su hermano nunca volvió a casa.
Emilia soltó la azada.
Todavía no podía imaginar que aquella frase estaba a punto de destruir todo lo que su familia había creído durante siete años.
PARTE 2
Emilia quiso exigirle la verdad en ese instante, pero Rafael se negó a contarla en medio del camino.
—No quiero que escuche esto parada aquí.
Ella estuvo a punto de echarlo.
Sin embargo, algo en su rostro la detuvo.
No parecía un hombre preparando una mentira.
Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo cargando una verdad.
Durante los días siguientes, Rafael continuó ayudando en el terreno, esta vez con permiso. Emilia mantuvo distancia, aunque poco a poco descubrió cosas que no esperaba.
Sabía podar rosales.
Sabía preparar tierra.
Sabía reparar cercas, motores y tuberías.
Una tarde, mientras compartían café de olla bajo un tejabán, Emilia le preguntó:
—¿A qué se dedica realmente?
Rafael sonrió con tristeza.
—Tengo viñedos cerca de Parras. También una empacadora y una distribuidora.
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