
ACABABAN DE INSULTAR AL DUEÑO
—¿De verdad espera que creamos que alguien vestido como usted tiene veinte millones de pesos en una cuenta? Demuéstrelo o váyase.
La voz de Verónica Salas, gerente de la sucursal, retumbó por todo el vestíbulo. Varias personas que esperaban su turno dejaron de mirar sus teléfonos y voltearon hacia la ventanilla.
Frente a ella estaba Alejandro Mendoza, de 47 años.
Llevaba una camiseta blanca sencilla, pantalones de mezclilla algo gastados y unos tenis comunes. En una mano sostenía su identificación y su tarjeta bancaria.
No levantó la voz.
No discutió.
Solo miró a Verónica durante unos segundos.
Ella todavía no sabía que el hombre al que acababa de humillar delante de todos era uno de los principales propietarios del grupo financiero al que pertenecía aquella sucursal.
Y tampoco sabía que Alejandro había entrado allí precisamente para descubrir cómo trataban a los clientes cuando pensaban que nadie importante estaba mirando.
Todo había comenzado varias semanas antes.
Desde la oficina central estaban llegando quejas sobre aquella sucursal del centro de Guadalajara. Algunos clientes aseguraban que habían recibido un trato diferente por su ropa, su manera de hablar, su tono de piel o simplemente por no parecer personas con mucho dinero.
Había quejas de largas esperas sin explicación.
Cuentas marcadas para revisiones innecesarias.
Preguntas incómodas que no se hacían a otros clientes.
Alejandro podía haber enviado a un equipo de supervisión.
Pero sabía lo que ocurría cuando una sucursal recibía aviso de una inspección.
Todo se ordenaba.
Todos sonreían.
Todos recordaban de repente el manual de atención.
Por eso tomó una decisión distinta.
Entraría como cualquier otro cliente.
Sin traje.
Sin conductor.
Sin asistentes.
Sin avisar a nadie de la sucursal.
Solo dos personas de confianza en las oficinas centrales sabían lo que estaba haciendo.
Aquella mañana llegó poco después de las diez.
Sacó un turno.
Esperó como todos.
Cuando llegó a la ventanilla, entregó su tarjeta.
—Quiero hacer una transferencia desde mi cuenta —dijo.
La cajera, Karla Méndez, de 29 años, miró la pantalla.
—¿De cuánto?
—Veinte millones de pesos.
Karla levantó la vista de inmediato.
Verónica, que estaba revisando unos documentos a pocos metros, escuchó la cantidad y se acercó.
—¿Cuánto dijo?
—Veinte millones —repitió Alejandro.
Verónica lo recorrió con la mirada, desde los tenis hasta la camiseta.
—¿Veinte millones?
Alejandro asintió.
—Sí.
Ella soltó una pequeña sonrisa.
No era una sonrisa amable.
—¿Desde esta cuenta?
—Así es.
Diego Ruiz, uno de los empleados con más antigüedad en la sucursal, se acercó también.
—Vamos a necesitar verificar otra vez su identidad.
Alejandro puso su identificación sobre el mostrador.
—Aquí está.
Diego apenas la miró.
—También necesitamos comprobar que los fondos realmente existen.
Alejandro frunció ligeramente el ceño.
—Puede comprobarlo en el sistema.
—Hay muchos intentos de fraude —respondió Diego—. Tenemos que tener cuidado.
Hasta entonces, nada parecía imposible de justificar.
Una operación grande podía requerir verificaciones.
Alejandro lo sabía mejor que nadie.
El problema era el tono.
Y las palabras que llegaron después.
Verónica cruzó los brazos.
—Mire, señor, si está intentando impresionar a alguien con una historia, eligió el lugar equivocado.
Alejandro la miró fijamente.
—No estoy contando ninguna historia.
Karla tomó la tarjeta.
La observó por delante y por detrás.
Luego abrió un cajón.
—Esta tarjeta me parece sospechosa.
Y antes de que Alejandro pudiera responder, la guardó dentro.
El sonido de la llave al cerrar el cajón fue pequeño.
Pero todo el vestíbulo lo escuchó.
—Devuélvame mi tarjeta —dijo Alejandro.
—No hasta que aclaremos esto.
Continúa en la página siguiente