
Y antes de que Alejandro pudiera responder, la guardó dentro.
El sonido de la llave al cerrar el cajón fue pequeño.
Pero todo el vestíbulo lo escuchó.
—Devuélvame mi tarjeta —dijo Alejandro.
—No hasta que aclaremos esto.
—Es mi tarjeta.
Karla hizo una mueca.
—Eso dice usted.
Una mujer que esperaba dos lugares más atrás abrió mucho los ojos.
Un señor mayor murmuró:
—Eso ya está de más.
Alejandro siguió tranquilo.
—Revisen mi identificación. Revisen la cuenta. Hagan el procedimiento que corresponda. Pero no tienen ningún motivo para quedarse con mi tarjeta.
Verónica se acercó un paso.
—También existe la posibilidad de que esa tarjeta no sea suya.
El vestíbulo quedó casi en silencio.
Alejandro tardó unos segundos en responder.
—¿Me está acusando de haberla robado?
—Estoy diciendo que necesitamos comprobar las cosas.
—Entonces compruébelas.
Verónica no respondió.
Fue entonces cuando Mariana López, de 26 años, levantó la mirada desde otra ventanilla.
Llevaba dos años trabajando allí.
Conocía a Verónica.
Sabía cuándo convenía guardar silencio.
También sabía que aquella vez algo no estaba bien.
—La cuenta se puede revisar —dijo Mariana con cuidado—. No necesitamos retener su tarjeta de esa manera.
Verónica giró la cabeza.
—Mariana, atiende tu ventanilla.
—Solo digo que podemos verificar primero.
—He dicho que atiendas tu ventanilla.
Mariana bajó la mirada durante un instante.
Luego volvió a mirar a Alejandro.
Aquella pequeña decisión iba a cambiarle la vida.
A unos metros, una clienta llamada Lucía Herrera había comenzado a grabar con su teléfono.
No hizo ningún anuncio.
Simplemente sostuvo el dispositivo frente a ella.
Otro cliente también sacó el suyo.
Alejandro vio los teléfonos.
Pero él no grabó nada.
Sacó el suyo y llamó a Elena Paredes, su asistente.
—Activa el registro interno de esta sucursal —dijo.
—Ya está preparado —respondió Elena—. Podemos guardar lo que ocurra desde este momento.
—Hazlo.
Verónica lo observaba.
—¿A quién está llamando?
Alejandro guardó el teléfono.
—A alguien que sí sabe escuchar.
Diego soltó una risa breve.
—Señor, será mejor que no complique las cosas.
—Yo no las estoy complicando.
Alejandro señaló el cajón.
—Quiero mi tarjeta.
Karla apoyó una mano encima.
—No.
Entonces Mariana se levantó.
—Karla, entrégasela. La cuenta aparece activa.
Verónica se giró bruscamente.
—¿Qué acabas de hacer?
—Revisé el sistema.
—No te pedí que lo hicieras.
—Es nuestro trabajo.
La cara de Verónica cambió.
—Última advertencia, Mariana.
Alejandro observó aquella escena y sintió una vieja presión en el pecho.
No era la primera vez que vivía algo parecido.
Veintidós años antes, cuando tenía 25, había entrado en otra institución financiera con sus primeros ahorros importantes.
Quería disponer de dinero para iniciar un pequeño negocio.
Llevaba jeans y una camisa sencilla.
El empleado de aquella oficina había revisado sus documentos tres veces.
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