
Cuando acepté casarme con Gabriel, no me importaba si era inocente.
Había sido condenado por desviar dinero de la fundación benéfica de su propia familia.
Para mí, en aquel momento, descubrir si realmente lo había hecho era problema de los abogados, de los jueces y de su familia.
Yo tenía problemas mucho más urgentes.
Tenía veintisiete años.
Debía casi tres meses de renta.
Trabajaba turnos dobles siempre que podía.
Y prácticamente estaba criando sola a mi hermano menor, Mateo, porque nuestros padres llevaban años siendo incapaces de cuidar siquiera de ellos mismos.
Así que cuando la madre de Gabriel, Victoria Salazar, se sentó frente a mí y me ofreció dos mil doscientos dólares mensuales por convertirme legalmente en la esposa de su hijo, tardé menos de un minuto en aceptar.
La vergüenza llegó después.
Pero para entonces ya había firmado.
PARTE 1: UN MATRIMONIO DE NEGOCIOS
Victoria colocó una carpeta sobre la mesa de su cocina.
Todo estaba organizado.
Documentos.
Condiciones.
Fechas.
Hasta un calendario con los días aproximados en que debía visitar a Gabriel.
—Dos visitas al mes —dijo—. Más si puedes.
Pasó una hoja.
—También quiero que le escribas regularmente.
—¿Para qué?
—Sus abogados están apelando la condena. Necesitamos demostrar que Gabriel mantiene vínculos familiares estables y que tendrá un hogar al cual regresar si consigue salir.
La miré.
—¿Y por eso necesita esposa?
Victoria tardó unos segundos en contestar.
—Ayuda.
Aquella palabra terminaría teniendo mucho más significado del que yo entendía entonces.
Pero ese día no pregunté más.
Dos mil doscientos dólares significaban renta.
Comida.
Los útiles escolares de Mateo.
Una factura médica que llevaba meses escondiendo debajo de otras cartas para fingir que no existía.
—Acepto.
Victoria respiró como si acabara de quitarse una piedra enorme del pecho.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Gabriel sabe que esto es un acuerdo.
—Mejor.
—No quiero que le prometas sentimientos que no tienes.
Casi me ofendió.
—No pensaba hacerlo.
Ella sostuvo mi mirada.
—Eso espero.
Nuestra boda ocurrió dentro de la prisión.
No hubo flores.
No hubo música.
No hubo familiares sonriendo.
Había un funcionario cansado.
Dos guardias.
Una mesa atornillada al piso.
Y un cristal rayado que separaba algunas áreas de visita.
Yo llevaba un vestido azul que había comprado de segunda mano.
Gabriel vestía el uniforme de la prisión.
Nos dieron menos de veinte minutos.
Cuando lo vi por primera vez pensé que estaría furioso.
Yo era una desconocida.
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