En el hospital.

En mi rodilla sangrando.

En las noches trabajando hasta quedarme dormido sobre la computadora.

Y en aquella frase que durante tres años había confundido con amor:

“Tú eres mis ojos.”

Regresé a nuestra casa.

Metí en una maleta una fotografía de mi padre y un viejo manual de mecánica de competición que había estudiado mientras se lo leía a Santiago.

Cuando él llegó, volvió a representar su papel.

—Vale, está muy oscuro. ¿Dónde estás?

Pasé junto a él sin ayudarle.

De inmediato me agarró del brazo.

Sus lentes cayeron.

Sus ojos encontraron los míos con absoluta precisión.

— ¿Qué demonios estás haciendo?

Lo miré por última vez.

—Ya no soy tus ojos.

Tomé la maleta.

Y me fui.

Todavía no sabía que aquella misma noche Santiago intentaría quitarme absolutamente todo.

Y que, sin querer, terminaría empujándome directamente hacia el único lugar desde donde algún día podría destruir todas sus mentiras.

PARTE 2

A la mañana siguiente descubrí que Santiago había bloqueado la tarjeta adicional que utilizábamos para los gastos de la casa y había ordenado cancelar varios servicios que estaban a su nombre.

Después recibí un mensaje.

“Regresa antes de que hagas más ridículo. Sin mí no vas a durar ni una semana”.

Sin oposición.

Vendí el pequeño collar de perlas que había pertenecido a mi mamá y alquilé un cuarto diminuto en las afueras.

Tenía poco dinero y ningún plan.

Pero tenía algo que Santiago nunca había considerado importante.

Todo lo que había aprendido durante tres años.

Él me había obligado a leerle manuales completos sobre motores, suspensión, telemetría y preparación de autos.

Al principio yo apenas entendía las palabras.

Después empecé a tomar apuntes.

Más tarde conseguí libros usados.

Cuando Santiago dormía, estudiaba.

Así llegué a un taller independiente en una zona industrial.

El propietario se llamaba don Ramiro.

Me miré de arriba abajo.
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