
Entre los documentos que Santiago me había hecho firmar durante su supuesta ceguera encontramos algo inesperado.
Un convenio de separación patrimonial acompañado de una solicitud de divorcio que él había preparado años antes para proteger su fortuna si algún día decidió deshacerse de mí.
Su propia firma estaba allí.
Y los trámites posteriores podrían concluirse sin que yo tuviera que volver a vivir bajo su techo.
Santiago hojeó los papeles.
Su rostro cambió.
—Eso no significa nada.
—Para mi abogada significa bastante.
—Valeria, deja de jugar.
—Tú empezaste el juego hace tres años.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
—No sabes con quién te estás metiendo.
—Sí sé.
Lo miré directamente a los ojos.
—Con el hombre que dejó morir a mi padre para ganar una apuesta.
Durante varios segundos nadie habló.
Santiago salió furioso.
Dos días después, uno de nuestros principales proveedores llamó a Ramiro.
Después otro.
Después otro.
Todos tenían el mismo mensaje:
Si Valeria seguía trabajando allí, dejarían de surtir piezas.
Ramiro me entregó mi pago con los ojos bajos.
—Perdóname.
Otra vez Santiago me había dejado sin nada.
Pero esa noche Mateo estacionó frente a mi cuarto.
—Tengo una bodega vacía —dijo—. Yo llevo clientes. Usted arregla autos.
—Santiago puede cerrarnos todas las puertas.
Mateo sonrió.
—Entonces construimos las nuestras.
Aceptado.
Lo que ninguno de nosotros sabía era que, pocas semanas después, una grabación olvidada iba a convertir nuestra pequeña bodega en el inicio del peor escándalo de la carrera de Santiago Herrera.
Y esta vez él no tendría unos lentes oscuros detrás de los cuales esconderse.
PARTE 3
Nuestra primera semana fue terrible.
La bodega tenía goteras, una puerta oxidada y herramientas compradas de segunda mano. Mateo consiguió dos clientes entre sus amigos y yo trabajé hasta la madrugada para entregar ambos autos.
Después llegaron cuatro.
Luego ocho.
Finalmente apareció un piloto conocido dentro del circuito amateur.
Había recorrido media ciudad porque alguien le había dicho:
—Busca a Valeria Salgado. Esa mujer escucha un motor y parece que el coche le cuenta sus secretos.
El comentario me hizo reír por primera vez en mucho tiempo.
Durante meses ahorramos cada peso.
Yo me inscribí en cursos técnicos y conseguí certificaciones. Dejé de ser la mujer que repetía conocimientos aprendidos en libros ajenos y comenzó a desarrollar mis propios métodos de diagnóstico.
Mientras tanto, Santiago regresó oficialmente a las pistas anunciando que su vista se había recuperado gracias a un “milagro médico”.
Las entrevistas lo presentaban como ejemplo de superación.
Yo veía aquellas notas con una mezcla extraña de rabia y cansancio.
El hombre que había fingido ser ciego durante tres años ahora cobraba por contar cómo había vencido a la oscuridad.
Un día mi abogada, Mariana, llegó a la bodega.
—Necesito enseñarte algo.
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