
—¿Buscas la oficina?
—Busco trabajo.
Los mecánicos soltaron algunas risas.
Ramiro señaló un Mitsubishi estacionado sobre una plataforma.
—Dime qué problema tiene.
Escuché el motor.
Observe los datos del escáner.
Solicite permiso para revisar algunas conexiones.
Quince minutos después señaló una falla en la alimentación de aire que llevaba horas confundiendo a sus empleados.
Las risas desaparecieron.
— ¿Quién te enseñó? —preguntó Ramiro.
Pensé en Santiago.
—Un hombre que jamás imaginó que yo estaba aprendiendo.
Comencé limpiando herramientas.
Después hice diagnósticos.
Meses más tarde, varios pilotos aficionados pedían que yo revisara personalmente sus autos.
Entre ellos estaba Mateo, un joven corredor que hablaba demasiado pero tenía un enorme talento.
—Ingeniera, usted debería tener su propio taller.
—No soy ingeniera.
—Todavía.
Fue Mateo quien un día llegó con una noticia.
—Santiago Herrera está preguntando por usted.
Mi estómago se cerró.
Esa misma tarde apareció.
Llegó en un Porsche negro acompañado por dos personas de su equipo.
Entró al taller como si fuera dueño del lugar.
—Así terminaste? —dijo mirándome cubierta de grasa—. ¿Arreglando carros?
—Trabajo aquí.
—Eres mi esposa.
Saqué una carpeta.
Durante las semanas anteriores había consultado a una abogada.
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