Hasta que me enviaron a Yucatán por trabajo.

Era un viaje corto. Dos días para cerrar un acuerdo inmobiliario y volver. Pero la primera noche, después de una cena aburrida con clientes, decidí caminar por el centro histórico para despejarme.

Había música saliendo de los bares, olor a lluvia reciente y calor pegado a la piel. Entré a una cafetería pequeña porque necesitaba sentarme un rato.

Y ahí estaba ella.

Mariana.

Sentada junto a la ventana, leyendo un libro como si el tiempo no hubiera pasado.

Cuando levantó la vista y me reconoció, sonrió apenas.

—Daniel…

Escuchar mi nombre en su voz me desarmó más de lo que esperaba.

Nos quedamos hablando horas.

Al principio con cuidado. Después con demasiada facilidad. Recordamos tonterías: el gato que odiaba a todo el mundo, nuestro viaje absurdo a Veracruz, las veces que nos quedábamos despiertos viendo películas malas solo para no discutir.

Y entonces entendí algo peligroso.

Todavía me sentía en casa cuando hablaba con ella.

Caminamos juntos por Paseo de Montejo hasta que empezó a llover. Corrimos riéndonos bajo los árboles como dos idiotas demasiado grandes para actuar así.

Cuando llegamos empapados a mi hotel, Mariana me miró en silencio unos segundos.

Debí despedirme ahí.

No lo hice.

Aquella noche dormimos juntos.

Y por unas horas olvidé por qué habíamos terminado.

Pero a la mañana siguiente desperté solo.

Mariana ya no estaba en la habitación.

Solo había una taza de café vacía, la ventana abierta y una nota doblada sobre la mesa.

“No debimos hacer esto. Perdón.”
Eso era todo.

Intenté llamarla.

No respondió.

Le escribí varias veces durante los días siguientes.

Nada.

Y aunque traté de convencerme de que no importaba, algo en su manera de irse me dejó inquieto. No parecía arrepentimiento. Parecía miedo.

Dos semanas después, recibí una llamada desde Mérida.
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