Cuando regresé a Monterrey, seguimos hablando. Sin promesas absurdas. Sin intentar borrar el pasado.

Meses después volví a Mérida.

Mariana estaba sentada en la misma cafetería donde la encontré aquella primera noche.

Esta vez, cuando me vio entrar, sonrió de verdad.

Y yo entendí algo simple:

A veces las personas no vuelven para repetir la historia.

Vuelven para terminarla de la manera correcta.

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