
—Después de que murió la señora Isabella, el sistema de la casa fue renovado.
Mi mirada se dirigió nuevamente al respiradero.
—¿Quién ordenó la renovación?
Harper dudó.
Y esa duda fue suficiente.
Esa noche, después de que Lucas y Leo se durmieran, revisé sus rutinas.
No los informes médicos.
Sus días.
Hora de despertar.
Comidas.
Medicamentos.
Limpieza.
Productos utilizados.
Temperatura de las habitaciones.
Todo.
Porque los síntomas de los niños no parecían los de una enfermedad que simplemente aparecía.
Parecían niños expuestos constantemente a algo.
Algo pequeño.
Algo repetido.
Algo dentro de su ambiente.
A la mañana siguiente, hice una pregunta que nadie había hecho antes.
—¿Los niños mejoran cuando salen de la casa?
Vincent me miró sorprendido.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando viajan. Cuando están fuera. Vacaciones. Hoteles. Visitas.
Se quedó quieto.
Después abrió un archivo en su computadora.
—El verano pasado estuvieron tres semanas en Italia conmigo.
—¿Cómo estaban?
Vincent pasó varias páginas.
Su expresión cambió.
—Mejor.
—¿Mucho mejor?
Asintió lentamente.
—Los médicos dijeron que el cambio de clima podía haber ayudado.
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