
Diego Ramírez cabalgó de regreso al rancho El Encino con los clavos de herradura en las alforjas y una preocupación que no tenía nada que ver con los caballos. Don Esteban Salazar, un comerciante influyente de Canatlán con contactos entre transportistas que viajaban hasta Durango, le había hecho una oferta tentadora para comprar las conservas de manzana de Lucía Morales. Sin embargo, impuso una condición tajante: quitar el nombre de Lucía de los frascos para venderlos exclusivamente bajo la marca de su tienda.
Diego recordaba perfectamente aquellas pequeñas etiquetas recortadas con tijeras gastadas donde se leía: «Conservas de manzana de Lucía Morales». Sabía lo que significaban: eran la prueba de que, tras años de trabajar para otros sin crédito alguno, ella había logrado algo propio con sus manos. Al llegar al rancho, Diego le contó el dilema a don Joaquín Ortega, el hacendado. La respuesta del patrón fue clara y certera: no le correspondía a Diego buscar una solución, sino recordar quién tenía el derecho legítimo a tomar esa decisión.
Al día siguiente, Diego fue al manzanar. Encontró a Lucía encaramada en una escalera recogiendo los últimos frutos. Tras ayudarla a bajar las canastas, se sentaron junto al fogón y él le transmitió la propuesta sin rodeos ni adornos.
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