
—Pasa —dijo mi padre con una compostura forzada que apenas lograba ocultar el temblor de su garganta—. No hay nadie más en la casa.
Los pasos de cuero fino avanzaron hacia la cocina. Cada pisada retumbaba en el piso de duela justo al lado de donde yo me escondía. Vi las puntas de los zapatos negros y lustrados de Julian detenerse a escasos treinta centímetros de la orilla del mantel. Estaba tan cerca que alcancé a percibir el aroma inconfundible de su loción de madera y lavanda.
El sonido de una silla arrastrándose sobre el suelo rasgó el aire. Julian se sentó justo al otro lado de la mesa. El peso de su cuerpo hizo crujir la madera sobre mi cabeza.
—Supongo que sabes exactamente por qué estoy aquí, James —dijo Julian, dejando algo pesado sobre la superficie de la mesa con un golpe seco. Parecía un portafolios metálico—. El plazo que te di venció a las ocho.
—No tengo ese dinero, Julian —respondió mi padre, permaneciendo de pie junto al fregadero—. Y aunque lo tuviera, sabes perfectamente que no te pertenece.
Julian soltó una carcajada baja, una risa fría y despectiva que me heló la sangre.
—¿No me pertenece? —replicó con ironía—. Llevo doce años viviendo una farsa absoluta por tu culpa. Doce años fingiendo ser el esposo perfecto, tolerando sus aniversarios mediocres, sus viajes familiares y su estúpida ilusión de matrimonio feliz. ¿Tienes idea de lo agotador que es fingir amor todos los días de tu vida frente a una mujer ingenua que no tiene la menor idea de quién soy?
Mis ojos se llenaron de lágrimas calientes. La respiración se me atoró en la garganta. Sentí que el pecho se me abría en dos. ¿Una farsa? ¿Doce años fingiendo?
—Ella te ama de verdad, Julian —dijo mi padre, con la voz cargada de un dolor desgarrador—. Emily se casó contigo pensando que eras el hombre de su vida. Ella es inocente de lo que pasó hace doce años.
—¿Inocente? —Julian golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar los vasos en las repisas—. ¡Por culpa de la negligencia de tu familia, la constructora de mi padre se fue a la quiebra y él terminó quitándose la vida en una celda! Tú eras el auditor en jefe del Estado, James. Tú firmaste el dictamen que lo hundió mientras protegías a tus socios corruptos.
Debajo del mantel, me quedé sin aire. Nunca antes había escuchado aquella historia. Julian siempre me había dicho que sus padres habían muerto en un trágico accidente automovilístico cuando él estudiaba en la universidad.
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