
Aquel despectivo apodo, «El Cerdo», resonaba en cada rincón de la alta sociedad. Los periódicos de chismes, los empresarios de cuello blanco y mi propia familia lo llamaban así a sus espaldas: un hombre huraño, corpulento, de rostro marcado por quemaduras grotescas, que vivía recluido en una fortaleza de piedra en las afueras de la ciudad, alejado del lujo superficial y de las cámaras.
Cuando el negocio de mi padrastro colapsó bajo una deuda impagable de quince millones de dólares, fui yo la moneda de cambio. Mi hermanastra se negó rotundamente a pisar esa finca, y mi madre me tomó de las manos entre lágrimas fingidas: «Hazlo por nosotros, Sofía. Cásate con ese monstruo o nos matarán a todos».
Llegué a la mansión vestida de novia pero sintiéndome en un cortejo fúnebre. Esperaba encontrar a un hombre depravado, un tirano cruel que desquitaría su amargura conmigo. Sin embargo, durante las primeras semanas, Damián Vance apenas se cruzó en mi camino. Me asignó la habitación más iluminada del segundo piso, ordenó al personal que atendiera cada uno de mis gustos y jamás me obligó a compartir su cama ni me levantó la voz.
La intriga y el silencio me estaban volviendo loca. ¿Por qué un hombre tan despiadado como decían pagaría una suma astronómica por una esposa a la que ni siquiera miraba?
La respuesta llegó la noche del jueves, cuando un estruendo en el ala este de la mansión me despertó a las dos de la madrugada.
Descalza y guiada por el crujido de la madera, caminé por el pasillo en penumbra hasta llegar a la única puerta que siempre permanecía cerrada con llave: el despacho privado de Damián. Para mi sorpresa, la cerradura estaba rota y la puerta entreabierta dejaba escapar un hilo de luz dorada.
Empujé la madera lentamente.
El despacho era inmenso, con estanterías que trepaban hasta el techo, pero sobre la gran mesa de caoba no había botellas ni fajos de dinero sucio. Había decenas de carpetas abiertas, planos de construcción calcinados y fotografías periciales.
Me acerqué temblando. En la primera carpeta vi el expediente médico de un incendio ocurrido hacía diez años en los almacenes textiles del puerto. En las fotografías aparecía un hombre joven, atlético y de facciones nobles, cubierto de vendas en el noventa por ciento de su rostro y torso.
Debajo de las imágenes había una nota escrita de puño y letra:«Damián Vance: 18 niños y 4 trabajadoras rescatados del sótano en llamas antes del colapso del techo. Pérdida del rostro y daños pulmonares severos».
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