
Un nudo doloroso me cerró la garganta. El hombre al que la sociedad apodaba «el cerdo» por sus cicatrices y su reclusión no era un villano; había quedado desfigurado salvando decenas de vidas mientras otros miraban desde la banqueta.
Pero lo más impactante estaba en el fondo de la mesa: una copia del peritaje de la aseguradora sobre aquel incendio.
El nombre del dueño de la fábrica incendiada y principal sospechoso de negligencia criminal me heló la sangre en las venas:Ernesto Garza. Mi padrastro.
—Buscabas respuestas, ¿verdad, Sofía?
La voz profunda y rasposa de Damián me hizo dar un respingo.
Estaba parado en el umbral, vestido con pantalones oscuros y una camisa de lino abierta en el cuello, dejando ver la piel arrugada y enrojecida por el fuego en su pecho. Su rostro, con la mitad derecha desfigurada y la mirada fija y cansada, no me provocó el asco del que hablaban los periódicos; me provocó una profunda y desgarradora compasión.
—Tú… tú estuviste en el incendio de la fábrica de mi familia —murmuré con la voz temblorosa, señalando los documentos.
Damián caminó despacio hacia el escritorio, apoyó las manos sobre la mesa y me miró sin rencor.
—Tu padrastro mandó bloquear las salidas de emergencia para que nadie pudiera robar mercancía antes de provocar el cortocircuito que cobraría la póliza de seguro. Yo tenía veintiséis años y era el jefe de mantenimiento. Cuando el fuego estalló, los niños de la guardería de empleadas estaban atrapados en el subsuelo. Entré tres veces a sacarlos. Cuando el techo se vino abajo, mi rostro se quedó en esas vigas.
—Dios mío… —las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas—. Y mi padrastro cobró el dinero.
—Cobró cada centavo, compró silencio en los juzgados y comenzó su vida de lujos —continuó Damián con voz serena—. Me dio por muerto. Pero sobreviví. Durante una década reconstruí mi vida, invertí en tecnología logística y acumulé suficiente capital para comprar cada una de sus deudas a través de corporaciones interpuestas. Cuando Ernesto quebró hace tres meses, no le debía dinero a la mafia; me lo debía a mí.
Di un paso hacia él, desconcertada.
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