
…caracterizado. Para mí, la muerte era una ecuación química invariable: tras trece años bajo tierra, un cuerpo no embalsamado de un adolescente fallecido por leucemia mieloide fulminante debía responder a las leyes implacables de la putrefacción. Esperaba encontrar tejido adiposo descompuesto, esqueletización avanzada, colapso de cavidades torácicas y el inconfundible olor a gas metano y amonio que impregna cada una de mis pesadillas profesionales.
Sin embargo, en el instante en que el soplete cortó el último sello de plomo del féretro de zinc y la tapa metálica se deslizó con un chirrido sordo, el aire no se volvió denso ni venenoso.
Al contrario. Un aroma frío, tenue, casi imperceptible —como de madera seca, cera vieja y aire de montaña— llenó la estancia.
Me acerqué a la mesa con el bisturí en una mano y las pinzas de disección en la otra. Ajusté la lámpara quirúrgica hacia el interior del ataúd y retiré con cuidado el sudario de lino.
Lo que vi me hizo dar un paso atrás involuntario, haciendo crujir la suela de mis botas contra el suelo de piedra.
Allí yacía Carlo. No parecía una momia consumida por los siglos ni un cadáver profanado por la podredumbre. Estaba recostado con una sudadera deportiva, pantalones vaqueros y zapatillas de deporte, con las manos entrelazadas sobre el pecho en torno a un rosario de madera simple. Aunque era evidente el paso del tiempo en la deshidratación de la piel y el hundimiento propio del cese biológico, la estructura facial estaba milagrosamente intacta. Los labios conservaban su contorno, el cabello castaño ondulado parecía haber sido peinado esa misma mañana y la serenidad de sus facciones desafiaba cualquier atlas de patología forense que yo hubiera estudiado en tres décadas.
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