
—Tranquilo, Luca —me dije a mí mismo en un susurro inaudible—. Es una saponificación atípica. Un microclima anaeróbico sellado al vacío. Una reacción del tejido graso con las sales del suelo.
La ciencia era mi refugio, mi armadura impenetrable. Tomé la sonda térmica y el calibrador digital para documentar los fenómenos físico-químicos que sin duda debían estar allí. Toqué la epidermis de su antebrazo con la punta enguantada. Esperaba la textura quebradiza del pergamino seco o la consistencia gelatinosa de la descomposición hídrica. En cambio, encontré una elasticidad residual incomprensible, como si el rigor mortis y la licuefacción celular hubieran recibido una orden inapelable de detenerse a medio camino.
Abrí la caja torácica siguiendo el protocolo de verificación de reliquias anatómicas. Mi deber era examinar el miocardio, el corazón que había dejado de latir aquel 12 de octubre de 2006.
Al deslizar la incisión sobre el pericardio, mis dedos comenzaron a temblar. No por miedo, sino por el vértigo aplastante de la contradicción. La leucemia fulminante destruye la médula, colapsa los vasos y llena los órganos internos de necrosis hemorrágica en cuestión de horas tras el fallecimiento. Pero aquel corazón reposaba en su cavidad con las aurículas y los ventrículos milagrosamente diferenciados, con una consistencia fibrosa limpia, suspendido en una tregua biológica que ninguna ecuación química podía justificar.
Me detuve. La pinza quirúrgica se me resbaló de los dedos y cayó sobre la bandeja metálica con un estruendo que rompió el silencio como un disparo.
El monseñor y los dos delegados pontificios que aguardaban al fondo de la sala dieron un paso al frente con respeto, sin decir una sola palabra. Me miraron a los ojos esperando el veredicto del hombre que la Santa Sede contrataba precisamente para descartar milagros y desarmar fanatismos.
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