
Le grité tan fuerte que mi perro se escondió debajo de la mesa.
Tenía un pedazo del sillón de mi papá entre los dientes.
Yo solo veía la tela rota, el relleno tirado y el último mueble que me quedaba de él.
Todavía no sabía qué había estado durmiendo a mi lado durante semanas.
Me llamo Andrés Molina. Tengo treinta y ocho años y vivo en una casa pequeña en las afueras de Puebla. Trabajo reparando electrodomésticos y, desde que murió mi papá, mi compañía más constante es un perro mestizo llamado Bruno.
Lo encontré de cachorro junto al taller donde trabajaba entonces. Tenía una oreja doblada, las patas demasiado grandes para su cuerpo y una paciencia que nunca he entendido.
Durante seis años no rompió un zapato.
Podía dejar una bolsa del mandado en el piso y él se sentaba a mirarla. Si algo caía de la mesa, esperaba a que yo lo recogiera. Cuando llegaba cansado, apoyaba el hocico sobre mi rodilla sin pedir demasiado.
Por eso debí prestar atención cuando empezó a comportarse de otra manera.
Todo comenzó alrededor del sillón.
Era grande, de tela café, con los brazos anchos y una pata reparada con una pieza de madera más clara. Mi papá lo había comprado cuando yo todavía iba a la primaria.
En ese sillón veía el futbol, se quedaba dormido después de comer y fingía leer el periódico mientras esperaba que yo volviera de alguna fiesta.
Cuando vaciamos su casa, mi hermana preguntó si de verdad quería llevármelo.
—Está muy viejo, Andrés.
—Todavía sirve.
Ella no discutió.
Los dos sabíamos que hablábamos de algo más que un mueble.
Lo acomodé junto a la ventana, donde entraba el sol por las tardes. Algunas noches me sentaba allí con una taza de café y encendía la televisión sin escucharla.
Bruno dormía cerca de mis pies.
Hasta que dejó de hacerlo.
Primero empezó a olfatear un costado. Metía la nariz entre el brazo y el asiento, respiraba con fuerza y levantaba la cabeza.
Después llegó el primer arañazo.
—Eso no, Bruno.
Se apartó.
Al día siguiente volvió.
Esta vez gimió y trató de meter una pata debajo del sillón.
Pensé que había caído comida. Lo moví unos centímetros, encontré una moneda, polvo y una tapa de bolígrafo.
Nada que explicara su insistencia.
Limpié y regresé el mueble a su lugar.
Bruno volvió a acercarse antes de que yo guardara la escoba.
—¿Qué traes ahí?
Me miró, olfateó la tela y soltó un pequeño gruñido.
Empecé a pensar que estaba aburrido.
Continúa en la página siguiente