
cómo se fue a un hombre más joven y cómo había destruido a nuestra familia. La gente me escuchaba y se quejaba, pero a veces me di cuenta de que alguien me miraba de manera extraña, como si él creyera que las cosas no eran tan simples.
Ha pasado casi un año.
Con el tiempo, el dolor disminuyó. Seguí viviendo en nuestra casa, trabajé mucho y a veces encontré amigos. Muchas veces traté de conocer a otras mujeres, pero cada vez me sorprendió compararlas con mi ex esposa.
Y ayer, algo que no esperaba que sucediera.
Salía del supermercado con mis maletas y la vi en un coche.
Olga también me notó. Nos detuvimos unos pasos el uno del otro.
Se veía diferente. No peor, no mejor, solo diferente. En su rostro, ya no había esta ligereza que apareció en los últimos meses antes de que se fuera.
Ella habló
—Hola —dijo con un hilo de voz, casi con timidez, mientras apagaba el motor del auto y bajaba con lentitud al pavimento del estacionamiento.
Llevaba el cabello recogido de una forma más sencilla, sin el peinado elaborado ni la ropa deportiva ajustada que había empezado a usar durante los meses previos a su partida. En sus ojos ya no brillaba aquel desafío ciego que me había dejado helado en la cocina de nuestra casa; había, más bien, una fatiga vieja, de esas que no se quitan durmiendo.
—Hola, Olga —respondí, acomodando las bolsas de la despensa en mis manos para no mostrar el temblor involuntario que me recorrió los brazos.
Nos quedamos en silencio unos segundos, rodeados por el ruido habitual de los carritos del supermercado y el paso distante de los autos por la avenida. Durante casi un año había imaginado este momento cientos de veces: imaginaba gritarle mi dolor, recordarle la traición, enrostrarle cada lágrima y cada noche en que me quedé mirando el techo preguntándome en qué me había equivocado. Pero teniéndola enfrente, a escasos dos metros, descubrí que la furia se había gastado por completo. Solo quedaba un vacío extraño y una punzada sorda en el pecho.
—¿Cómo está Mariana? —preguntó ella, refiriéndose a nuestra hija.
—Bien. Terminó su semestre con buenas notas. Sigue viviendo en su departamento cerca de la universidad —hice una pausa corta—. Aunque sabes que casi no habla de ti. Le dolió mucho cómo hiciste las cosas.
Olga bajó la mirada hacia sus zapatos, apretando la correa de su bolso de mano.
—Lo sé. Me manda mensajes de vez en cuando, pero son muy secos. Apenas dos líneas. No la culpo.
El viento de la tarde levantó algunas hojas secas entre nosotros. Ella respiró hondo, levantó la cabeza y me miró directamente a los ojos.
—Te ves bien —dijo con una sonrisa triste que apenas le curvó los labios—. Más delgado.
—El trabajo me mantiene ocupado. Y aprendí a cocinar, para no depender de la comida rápida.
—Me alegro. De verdad.
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