
Entró a la cocina como un torbellino, pero se detuvo en seco al verme.
Yo no llevaba delantal. No había sartenes en el fuego ni vapor saliendo de la cafetera. Estaba sentada al centro de la mesa de madera noble, con las manos enguantadas entrelazadas, bebiendo té negro de un termo metálico que había traído conmigo.
—¿Qué significa esto? —preguntó Renée, frunciendo el ceño con una mezcla de sorpresa e indignación—. ¿Por qué estás vestida así? ¿Y el desayuno?
En ese momento apareció Daniel por la puerta lateral, ajustándose apresuradamente la corbata de seda, con el rostro abultado por el sueño.
—Mamá, ¿qué pasa? —reclamó él, mirando la estufa apagada—. Tengo una reunión de negocios con un cliente de logística a las ocho y media. Te dejé tres camisas en la lavandería para que las plancharas con vapor. ¡No puedo llegar con la ropa arrugada!
Me tomé un sorbo pausado de té, saboreando el silencio tenso que llenó la habitación. Dejé la taza sobre el plato de porcelana con un chasquido limpio y los miré fijamente a los dos.
—No hay desayuno. No hay loncheras. Y tus camisas, Daniel, se quedarán arrugadas exactamente como tu carácter.
Renée soltó una carcajada burlona, cruzándose de brazos:
—¿Ahora te dio por ponerte en huelga, anciana? Si te vas a comportar como una chiflada berrinchuda, te advierto que se nos acaba la paciencia. Daniel y yo ya estamos bastante cansados de tus mañas. O cumples con tus responsabilidades en esta casa o te juro que hoy mismo te buscamos un asilo donde te enseñen modales.
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