
A las 5:30 de la mañana, el silencio de la casa era absoluto. Me paré frente al espejo del baño, pasé la mano por mi cabeza rapada y sentí el frío de la mañana en el cuero cabelludo, pero por dentro ardía una calma gélida. Me puse un gorro de lana negro, me vestí con ropa cómoda y saqué de debajo de la cama dos maletas grandes que tenía guardadas. Empaqué mi ropa de trabajo, mis joyas, mis papeles importantes, mi pasaporte, las escrituras de la casa —que estaban 100% a mi nombre gracias a la herencia de mi abuela y a mis propios pagos— y las facturas del coche de Daniel, el cual también había salido íntegro de mi cuenta bancaria.
A las 6:15 bajé al primer piso sin hacer un solo ruido. Guardé las maletas en la cajuela de mi camioneta y regresé por un detalle crucial: la máquina de afeitar con la que Eleanor me había trasquilado. La metí en una bolsa ziploc junto con un mechón de mi cabello que recogí de las sábanas para entregárselo más tarde a mi abogada como evidencia de agresión física y allanamiento intencional en mi recámara.
Subí a la cocina, me preparé una taza de café negro y me senté en la barra con mi laptop abierta. A las 7:00 en punto, el teléfono de Daniel fue el primero en sonar con un pitido seco: la notificación de su banco indicando que el cobro mensual del crédito automotriz de su sedán último modelo había sido rechazado por falta de fondos tras la revocación de la cuenta de débito asociada.
Veinte minutos después, bajó en pijama, rascándose la panza y con la arrogancia intacta de quien se sabe mantenido.
—Oye, no sé qué le pasa a la app del banco —dijo bostezando mientras se acercaba a la cafetera—. Me botó un error de pago y quise pedir un Uber para no sacar el coche y tampoco pasó la tarjeta. ¿Le pusiste saldo?
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