
—¡No inventes, carnal! ¡Qué pinche coraje!—se me salió del alma nomás de verle el brazo al viejo.
Bajo la manga del suéter de lana no había moretones de un batazo cualquiera ni marcas de un forcejeo común. La piel de mi papá estaba llena de marcas circulares, rojizas, perfectamente delimitadas, mezcladas con quemaduras de primer grado y unos pinchazos finitos que apenas cicatrizaban. Ya había visto esas marcas cientos de veces en el campo, en los operativos contra los cárteles y las redes de trata: eran marcas de electrodos y quemaduras químicas.
No le habían pegado con un bate por una simple pelea. Lo estaban drogando y torturando gradualmente para simular una demencia senil y fallos neuronales.
Sentí como si me hubieran echado un balde de agua helada en el lomo, pero la rabia me encendió las entrañas. Me volteé despacito, desenganchando disimuladamente el seguro de mi funda bajo el saco. Mi hermano Brandon, el muy rajado, estaba ahí parado como estatua, mirando al piso, mientras la fichita de su mujer seguía chillando con su pañuelo mugroso.
—A ver, Courtney —dije, caminando hacia ella con un paso tan firme que hasta las lámparas del techo parecían temblar—. Traes un numerito bien ensayado, ¿verdad? Te sale re bien el drama, méndiga. Pero se te olvidó un pequeño detalle de mi trabajo.
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