
—¡Tú no me vas a venir a amedrentar solo porque traes una placa de la federal! —me gritó la vieja, tratando de hacerse la digna, aunque la voz ya le temblaba—. ¡Ese viejo loco intentó matarme! ¡Brandon es testigo!
—¿Ah, sí? ¿Brandon? —me le acerqué a mi hermano a dos centímetros de la cara. El cobarde ni me sostuvo la mirada; traía una gota de sudor frío chorreándole por la sien—. Habla, carbón. Desembucha. ¿Qué le estuvieron metiendo al viejo en la comida? Porque si no hablas ahorita mismo, te voy a hundir junto con esta alacrana por conspiración, intento de homicidio y tortura de un adulto mayor. Y te juro por la memoria de nuestra madre que de la cárcel federal no vuelves a salir en tu perra vida.
Brandon tragó gordo. La policía local ya había cerrado las puertas de la comisaría. El agente Miller, que hace cinco minutos se creía muy salsa, estaba pálido, pegado al escritorio y mandándole un mensaje de texto a su superior porque sabía que el asunto se les había salido por completo de las manos.
—No… no era la intención hacerle daño de verdad, manita —susurró Brandon, doblándose como una tortilla remojada—. Courtney consiguió unas sustancias… unas gotas. Y un aparato de descargas de baja intensidad. Para que pareciera que le daban ataques de pánico y lagunas mentales… Queríamos que el juez me diera el poder notarial sobre la hacienda y las cuentas antes de que acabara el año…
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