
Mi hija me apretó la mano.
—Mamá, ¿me voy a poner bien?
Le besé la frente.
—Los médicos van a hacer todo lo necesario para ayudarte. Y yo voy a estar aquí contigo.
La operación se realizó al día siguiente.
Fueron las horas más largas de mi vida.
Caminé por los pasillos del hospital, recordando cada ocasión en que mi hija me había dicho que le dolía algo.
Cada cena que había dejado a medias.
Cada mañana que había pasado encorvada por el dolor.
Y cada vez que yo había aceptado su respuesta de que todo estaba bien.
Cuando finalmente el cirujano salió, me levanté de inmediato.
—La operación salió bien —me dijo—. Hemos podido tratar el problema y su estado es estable. Seguiremos vigilando su recuperación y confirmaremos los resultados del análisis del tejido.
Me cubrí el rostro y comencé a llorar.
Aquellas lágrimas eran de alivio, agotamiento y tristeza.
Esa misma tarde mi esposo apareció en el hospital.
Llevaba flores y una expresión de preocupación.
Pero cuando mi hija lo vio entrar, dejó de sonreír.
Se aferró a mi mano.
—Mamá, no quiero hablar con él todavía.
La miré a los ojos.
—No tienes que hacerlo ahora.
Salí al pasillo para hablar con mi marido.
—Quiero ver a mi hija —dijo.
—Ahora necesita descansar. Y necesita sentirse segura.
Él suspiró.
—Estás poniéndola en mi contra.
Negué lentamente.
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