
—¿Y Emily?
—Su madre también acudió a la misma clínica.
A la mañana siguiente nos reunimos las cuatro.
La madre de Emily confirmó que también había recurrido a un donante.
Ninguna de las dos sabía que se había utilizado material del mismo hombre.
Cuando recibimos los resultados de la nueva prueba genética, nuestras sospechas quedaron confirmadas.
**Emily y yo éramos medias hermanas.**
Durante veinticinco años habíamos sido inseparables sin conocer la verdadera razón de nuestro parentesco.
Pero todavía faltaba descubrir algo.
La clínica investigó los antecedentes de Daniel, el donante que habíamos elegido para nuestros embarazos.
Los especialistas solicitaron nuevos análisis y comprobaron que compartía con nosotras una variante genética relacionada con una enfermedad hereditaria poco frecuente.
Eso no significaba que nuestros hijos fueran a enfermar, pero sí hacía necesario determinar qué variantes había heredado cada bebé.
Durante semanas vivimos entre consultas, ecografías y pruebas especializadas.
Hasta que finalmente llegó la llamada que tanto esperábamos.
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